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domingo, 23 de marzo de 2014

Libro II "ERIN GO BRACH". Capítulo IX


Quince de abril de 1810 (Anno Domini). A las afueras de Chiclana de la Frontera.

-Esto es una locura- musitó Will Pendlebury desde nuestro improvisado abrigo, en un pequeño pinar, a la vista de la extensión de caños y marismas que nos separaba de La Isla.

Asentí en silencio pues, en efecto, no se me ocurría nada que decir en contra. La perspectiva de cruzar aquél laberinto de ciénagas, sorteando las posiciones francesas, se me antojaba una tarea de titanes.

Me volví hacia Galván y García quienes, en silencio, nos miraban.

-¿Hay alguna posibilidad real de cruzar esto?-dije.

-Sí que la hay-respondió Galván. -Yo y aquí Dionisio lo hemos hecho muchas veces-añadió señalando al hombre que ya nos acompañara tras nuestra acción de Casas Viejas.

Pendlebury intervino entonces tratando de imprimir firmeza a sus palabras.

-¿Y no podría cruzar uno de ustedes y pedir ayuda? Podrían enviar un destacamento a rescatarnos...

Galván y García cruzaron una mirada. Después este último tradujo al guerrillero y, seguidamente, respondió con tono quedo:

-Si su gente juzga que un bergantín es demasiado valioso para arriesgarlo por nosotros, no crea que la Real Armada pensará de manera diferente si tiene que jugarse una cañonera y una dotación de infantes.

-No hay alternativa, me parece-dije. -O eso o el cautiverio.

-Para los que llevamos uniforme sí-añadió García.-Para ellos-agregó señalando a Galván y a Dionisio- sería la muerte.
Pendlebury suspiró entre abrumado por lo que, como oficial al mando, tenía de responsabilidad por la vida de doce hombres, amén de la suya propia; y agotado por la marcha nocturna que nos había llevado hasta donde nos encontrábamos ahora.

 En el ínterin, patrullas de dragones franceses recorrían la comarca junto a milicias locales que, como los que habíamos encontrado en Casas Viejas, luchaban contra nosotros y los españoles leales, junto a los franceses. No había, realmente, más que afrontar lo que, sin ninguna duda, era una temeridad.

-¿Cómo vamos a hacerlo?-pregunté a Galván en español.

-Aguardaremos aquí a que caiga la noche. Aprovecharemos la oscuridad para internarnos y burlar las guardias que pueda haber en torno al molino de Bartivás, que está fortificado, y marcharemos bordeando el caño del mismo nombre con la idea de llegar a la altura de la batería de San Pedro o el reducto de San Judas.

Traduje a Pendlebury y este, a su vez, quiso saber cómo íbamos a desplazarnos, sin abrigos y a la vista de las guardias francesas.

-Si hay niebla, como es posible que ocurra, iremos divididos en dos grupos; uno guiado por Casimiro y el otro por mí mismo.

-¿Y si alguien se pierde?-pregunté.

-Para eso iremos encordados con soga. Así nadie podrá despistarse   -informó García que, acto seguido, tradujo para Pendlebury.

-¿Y qué pasa si no hay niebla?-preguntó a su vez.

Galván oyó la traducción y algo parecido a una sonrisa se dibujó unos instantes en sus facciones.

-Pues entonces haremos ver que somos gabachos-respondió con naturalidad.

No hube acabado de traducir cuando, sin esperar la reacción de Pendlebury, inquirí con premura.

-¿Hacernos pasar por franceses? No lo dirán en serio...

-No es una mala idea-replicó García. -Nuestros uniformes  son azules, como los de los franceses, y el del capitán también. De lejos podemos pasar perfectamente.

Era cierto que los uniformes de los infantes de marina españoles eran muy parecidos al de la infantería francesa. Y el uniforme de los Ingenieros Reales, asimismo, era muy semejante al francés. No se me escapaba el hecho de que Galván y García habían meditado esta solución y lo comprobé con una simple pregunta.

-¿Tiene algo que ver en este plan que el capitán Pendlebury hable francés?

-Sí-respondió García. -Y no es el único; el cabo Braza y el infante Gaetano lo hablan algo, y el infante Valverde lo conoce bastante bien. Si nos diesen el alto podríamos decir que pertenecemos a una compañía de infantería naval.

-¿Y qué pasa con usted y Casimiro...y conmigo?-añadí mirando a Galván.

-Casimiro y yo podemos pasar como guías afrancesados. En cuanto a usted, esa casa roja es como el capote para azuzar a un toro. Y como no creo que quiera ir sin uniforme si nos capturan, deberá cubrirse con una ruana.

Antes de que pudiera preguntar, García me explicó que una ruana era una prenda de ropa empleada en la sierra y que semejaba a una manta o capote con un agujero para meter la cabeza.

Traduje a Pendlebury quien, con visible cansancio, exhaló un profundo suspiro.

-Está bien-dijo. -Adelante y que Dios nos ayude.

Pasamos el resto del día en una constante alerta temiendo que alguna patrulla pasar cerca de donde nos encontrábamos. No pudimos descansar aunque, con la perspectiva de lo que nos aguardaba, nadie hubiera podido hacerlo.

Confieso que la idea de internarnos en esa maraña pantanosa no me agrada en lo más mínimo pero mi deber, como soldado del Rey, es regresar a mi puesto y continuar sirviendo.

Ignoró que habrá ocurrido en Cádiz con el maldito asunto del asesinato del mayor Webb y si las pesquisas de Diogenes Arliss han arrojado alguna luz sobre aquello. Sería una burla macabra lograr llegar a la Isla para encontrarme con un consejo de guerra y, tal vez, una ejecución ignominiosa.

Pero, como suele decir mi padre, es inútil preocuparse. Todo está en manos de Dios de modo que lo que haya de ocurrir está ya escrito.


Acabo estas líneas elevando una plegaria y recordando, como una ensoñación, que ayer cumplí dieciocho años. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Libro II "Erin Go Brach". Capítulo VIII (V)


Trece de abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.

El parlamento de García hizo enmudecer a los lugareños. Eso y el hecho de que sus hombres, aún imbuidos del calor del reciente combate y arrebatados por la muerte de uno de sus compañeros, no mostrasen un aspecto pacífico.

Después de dar sepultura a Medinilla; aprestar los carros franceses, que emplearíamos en nuestra retirada y, finalmente, hacer volar el depósito con lo que quedaba en su interior, nos pusimos en marcha no sin antes habernos asegurado de que la palabra Gibraltar se dejase oír con claridad para el caso, más que seguro, de que se diera aviso a los franceses éstos se encaminasen al punto opuesto a donde nos dirigíamos.

Aunque Pendlebury y yo discutimos sobre la conveniencia de llevar consigo a rehenes de entre los voluntarios locales, pues de los franceses no quedó vivo ninguno ni siquiera los carreteros, convinimos en que era más prudente no hacerlo pues, ante la cercanía de tropa enemiga, podría delatarnos.
Salimos, pues, del pueblo todo lo veloces que lo permitían las bestias. Pendlebury y yo, con el guía que nos dejara Galván y que era un sujeto al que llamaban Dionisio, nos desplazábamos a caballo mientras que García y sus hombres se repartían en dos de los carros capturados.

El plan de huida pasaba por, después de abandonar nuestras monturas, refugiarnos en la posada de Matías para, al amparo de la noche, marchar hacia la costa en donde el Pigeon debería aguardarnos.

Dionisio nos condujo hasta unos viñedos desde donde se podía divisar la venta más allá de un bosquecillo. Una vez nos deshicimos de los carros y los caballos, que soltamos y espantamos para que se alejasen lo más posible, el guía se encaminó a un punto concreto y, tras hurgar en la tierra, extrajo una argolla de la que tiró a continuación.

Se trataba de lo que parecía ser un escondite para el contrabando, igual que el que pudimos ver en la posada. Un escalera daba paso a una estancia apuntalada por vigas de madera. El lugar era angosto y poco salubre pero parecía discreto. Nos indicó que permaneciéramos allí hasta que, al crepúsculo, regresara para acompañarnos a la costa.

Aceptamos, no sin cierta aprensión pues a ninguno se nos escapaba la certeza de que estábamos a merced de aquel hombre. ¿Y si decidiera mudar de lealtades y vendernos a los franceses? Desde luego si así fuere no nos íbamos a vender baratos, yo al menos no, y lo mismo imaginé de los españoles. En cuanto a Pendlebury, en tanto que oficial y caballero pero en absoluto combatiente, su comportamiento en la reciente refriega me hizo verle de otra manera que como hasta entonces.

Y en aquél lugar pasamos el resto del día. Unas tuberías de estufa, disimuladas entre las viñas, permitían que el aire no se viciase por más que los efluvios de tantos hombres convirtiesen el lugar en poco más que una porqueriza.

No es preciso señalar que si, en lugar de Dionisio, se hubiese presentado otro hombre le hubiéramos liquidado antes de poder encomendarse a Dios pues estábamos sobre la armas. Mas no hubo sangre pues era el guía, acompañado por Galván y por uno de los hombres presentes en la reunión de la posada y que recordé como el representante de los patriotas de Conil.

Amador Poveda, que tal era su nombre, parecía consternado y el semblante de Galván no presagiaba nada halagüeño de modo que, junto a Pendlebury y García, los llevamos todo lo aparte que pudimos en el angosto escondite.

-Hay malas noticias-dijo secamente Galván. -Don Amador les explicará...

-Los franceses han destacado una flotilla corsaria en Conil....

Le miramos sin decir palabra mientras se esforzaba en continuar.

-Una goleta, un par de balandras e incluso tres faluchos de Tánger. Al parecer están decididos a pillar todo lo que puedan entre Cádiz y Gibraltar.. Anoche avistaron a su barco...

-¿Al Pigeon?-exclamé.

Poveda asintió y Galván prosiguió.

-Parece que hubo un intercambio de fuego y los suyos enfilaron hacia Cádiz. Dudo que vuelvan ahora que la costa está vigilada. Esta mañana llegaron a Conil varios oficiales navales franceses a felicitar al hombre que manda el escuadrón; es un perro afrancesado llamado Sueiras, Gonzalo Sueiras, que el demonio se lo lleve...

Traduje a Pendlebury y advertí como su rostro se demudaba.

-¿Hay manera de regresar a Cádiz?-pregunté.

Galván y Poveda se miraron, luego el primero fijó la vista en García.




-Sí la hay, dijo el sargento. -Atravesando los caños entre Chiclana y La Isla...

lunes, 21 de octubre de 2013

LIBRO II" ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (IV)


Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
         
     Un par de disparos, seguidos de un ominoso silencio solamente roto por el bufido de los caballos heridos, fue el anuncio de que todo había acabado. Aún estaba en pie, con las pistolas firmemente sujetas y la mirada perdida como si no hubiese sido más que un mal trance.
        
    No lo había sido, desde luego, pues pude oír, a mi espalda, la voz de Pendlebury.
        
    -¡En nombre de Dios, Ian! ¿Es que querías que te matasen?
       
     No respondí, por supuesto, pues no deseaba admitir que me había paralizado el miedo mas el vozarrón de García, hablando en inglés, me ahorró las explicaciones.
     
   -No había visto tanto valor en mi vida. ¿Lo ha visto usted, capitán?-añadió dirigiéndose a Will. -Se ha

quedado plantado como si fuera el mismísimo Pepe-Hillo, sin mover un solo músculo.
       
    -Aún así se ha arriesgado de modo imprudente. El éxito de la misión está por encima de cualquier exhibición-replicó Pendlebury inusualmente ordenancista. Pensé que tenía razón pues, a fin de cuentas, creo que solo confiaba plenamente en mí y mi pérdida hubiese sido un desastre para él.
       
     Iba a disculparme cuando vi acercarse a Braza. Había dado buena cuenta de los enemigos que les cupo en suerte pero su semblante no anunciaba celebración alguna.
        
     -¡A la orden de mi sargento!-tronó Braza cuadrándose.
     
       García le concedió la palabra.
    
       -Un muerto, mi sargento.
   
       ¿Quién?
  
       -El cartagenero... el infante Medinilla-respondió Braza tras recomponer la respuesta.

       García asintió en silencio. Will me miró sin comprender y se lo comuniqué. Pareció que me iba a decir algo pero una algarabía procedente del pueblo le cortó en seco.

        Un grupo de paisanos marchaba hacia donde nos encontrábamos, liderados por un clérigo y un hombre de edad que debía ser, eso pensé, el alcalde.

        -¡Qué inquisición, Dios Mío de mi alma! ¡Qué inquisición!

        Los gritos del párroco me desorientaron lo bastante, pues no entendía el sentido, como para preguntar a García.

        -Viene a decir que es una tragedia-me susurró al tiempo que daba un paso al frente para detener a la comitiva.

        ¡Alto!-gritó y el murmullo se apagó casi al instante.

        Tras unos instantes de pesado silencio el cura se adelantó.

        -¡Han traído la guerra a nuestro pueblo! ¡Han matado a soldados franceses! ¡Esto será nuestra ruina!

        Un coro de voces aullantes recalcó sus palabras. Iba García a replicar cuando, a mi vez, di un paso al frente.

        -¿Hemos traído la guerra?-grité. ¿Acaso España no estaba ya en guerra?

        -Santo Dios Bendito... musitó el cura previamente a un arranque bastante sonoro. -¡Un inglés! ¡Un hereje nos trae la ruina, señores vecinos!

        Nuevamente los aullidos de la turba cobraron fuerza. No me pasó desapercibido que Valverde y Cantero de dejasen ver, con las armas prestas, a espaldas de los enfurecidos lugareños. Asimismo, Gaetano y Delgado ya habían tomado posiciones a mi espalda y Pendlebury, que solamente había colegido el término inglés, se afanaba en recargar una de sus pistolas.

        -¿Es que tiene que venir un extranjero a enseñaros a luchar por vuestra patria?-grité consciente de que aquella gente era muy capaz de desarmarnos y entregarnos a los franceses.

        -¡Vengo con soldados españoles, españoles de verdad, que luchan por su patria y su rey y por verla libre de invasores.

        -¿Qué rey es ese?-gritó una voz. -Ya tenemos un rey y es Don José I Bonaparte.

        -¡Mamporrero de gabachos-gritó Delgado mas García, con gesto imperioso, lo llamó al orden.

        -¿Un francés? ¿Un rey francés?-grité. -¿Uno de esos que degüellan a su natural señor? ¿Esos que han incendiado templos y secuestrado al Papa de Roma?

        El clérigo me miró con furia.

        ¿Qué pude saber de eso un hereje inglés? ¿Es que son mejores que los franceses?

        -¡Pater noster,
         qui es in caelis,
         sanctificetur nomen tuum...!

        El cura no supo qué responder ante la forma en que recité, con convicción legítima, la oración de nuestro Creador. Y creo que tampoco esperaba que, tras abrir el cuello de mi casaca, mostrase la cruz que me regalara el páter Fennessy cuando partí para Lisboa, haciendo de correo, tras la batalla de Talavera.

        -¡Esta es la cruz de San Patricio! ¡La cruz de los buenos católicos de ese país que llaman aquí Irlanda! ¡Puedo no ser español, pero vengo a luchar por vosotros junto a soldados españoles y con la cruz de la Fe, única y verdadera!

        Un nuevo silencio cayó pesadamente. El hombre al que había juzgado como alcalde alzó tímidamente la voz.

        -Pero los franceses tomarán represalias...  Y hay paisanos nuestros enrolados en su Milicia...

       



-¿Represalias?-gritó García.

       
      -¿Creéis que pensaban en eso Daoíz y Velarde? ¿Y los que lucharon en Bailén o en Talavera? ¿O los que luchamos ahora lejos de nuestros hogares?

         ¡Se han metido en nuestros pueblos, se llevan lo que les viene en gana, esclavizan a vuestros mozos enrolándolos en sus tropas...!

     
        ¿Y aún habláis de represalias?

lunes, 9 de septiembre de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (III)


Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
              
  Corrí hacia la entrada seguido de Delgado mientras Pendlebury descargaba su otra pistola a través del ventanuco. Fuera, el estampido de los disparos, los gritos y los relinchos de las cabalgaduras habían convertido aquella plácida mañana en el remedo de la guerra que atronaba por todo el Continente.
         
       García, que había derribado de un culatazo a Casimiro Peña, había descargado luego su arma contra el subteniente francés que se encontrara junto a aquél, y que presumiblemente era el oficial al mando del convoy. Cuando llegamos a su lado se batía contra un jinete que, en vano, trataba de ensartarlo con su sable. Un disparo de Delgado derribó al francés y corrimos a cubrirnos, protegidos por el fuego graneado de Gaetano, Montiel y Salguero, los tiradores selectos que García dispusiera en la arboleda aledaña.

         En una esquina del barracón, fuera del alcance enemigo, García y Delgado recargaron sus armas y calaron las bayonetas; a mi vez comprobé mis pistolas y en el momento nos dirigimos al meollo del combate.

        Un caballo sin jinete estuvo a punto de arrollarnos y cuerpos tendidos aquí y allá evidenciaban que los hombres de García conocían su oficio. Corrimos hacia uno de los carromatos, cuyo tiro había sido abatido por sendos impactos, con la intención de disponer de un puesto de tiro a cubierto. En el camino, hacia el pueblo, arreciaba el fuego, señal de que el cabo Braza y su escuadra habían cerrado la vía de escape del enemigo y los gritos de Allez, Allez se dejaban oír con apremio.

         Estábamos cerca del furgón cuando una descarga, procedente del mismo, se abatió sobre nosotros. Inmediatamente García y Delgado pusieron rodilla en tierra y descargaron sus armas pero yo, como me ocurriera en Talavera, no tuve presencia de ánimo para nada que no fuese quedarme en pie, allí mismo, con mi casaca roja y mi faja de oficial clamando para que me cocieran a balazos y olvidando los consejos de mi padre sobre la predilección de la tropa por abatir a los oficiales.

         -¡Agáchese teniente!-oí gritar a García pero mi atención se hallaba concentrada en una pareja de dragones que galopaba hacia nosotros.

         Por un momento no supe qué era lo que iba a hacer. Parecía como si un pesado silencio se hubiese abatido sobre aquél pedazo de tierra española. Inclusive parecía que los caballos que se dirigían hacia mí fuesen despacio, muy despacio, tanto que hasta podía ver la espuma que gorgoteaba de su hocico y las nubecillas de vapor de los ollares. Recordé aquél día, cerca de Lisboa, cuando uno de los hombres de Emil Saiffer cargó contra mí y lo derribé de un disparo de pistola.

         Según me refirió después García, jamás había visto tanto valor  como el que demostré pero, en honor a la verdad, creo más bien que fue el propio miedo que me atenazaba, y que había convertido mis piernas en rocas, lo que me impidió agacharme siquiera y, cual asno que mueve la piedra del molino, por pura costumbre, alcé mis pistolas y disparé.

         -¡Dios!-fue lo siguiente que oí con claridad y, seguidamente, pude contemplar cómo uno de los dragones estaba tendido a apenas dos pulgadas de donde me hallaba. El hombre trató de ponerse en pie pero fue atravesado, sin contemplaciones, por la bayoneta de Delgado. En el ínterin, García exclamó en inglés.

         -¿Dónde le han enseñado a disparar, teniente?

         Reaccioné a su interpelación mirándole sin pronunciar palabra, mas su gesto me hizo mirar al frente:

         Uno de los caballos relinchaba penosamente, tendido en el suelo con el codillo de una de sus patas destrozado por una bala; por otra parte, otro jamelgo olisqueaba el cuerpo de su jinete, tendido en el suelo y con el casco de bronce y de negra crin partido en dos limpiamente.


domingo, 11 de agosto de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (II)


Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.

-¿Tropa enemiga?-exclamé.              

-¿Infantería o caballería?...¿Cuántos?

-Dragones, yo diría que media docena. Dan escolta a unos carromatos-respondió Medinilla.

-Deben de ser suministros para el asedio-señaló García.

Traduje a Pendlebury que recién había dispuesto todo para la voladura.

-¿Qué hacemos ahora? me preguntó ante la perspectiva.

-¡Que se marchen los carros con las armas!-dije a Galván que empezaba a dar órdenes a sus hombres para la lucha.

El guerrillero me miró por unos instantes considerando, tal vez, discutir mi orden pero obedeció y, rápidamente, los carros cargados de mosquetes y barriletes de pólvora empezaron a trotar.



-Será mejor dejar que pasen, no nos conviene entablar combate- dije en inglés de modo que Pendlebury y García lo entendiesen a la vez.

-Pendlebury asintió y García ordenó a Medinilla que regresara a su puesto y que no abrieran fuego si no se entablaba hostilidad.

Nos metimos en el barracón, pues, García, Bancalero, Delgado, Pendlebury y yo junto a nuestros tres prisioneros; los tiradores habían ocupado posiciones en el exterior y el plan, si se le podía llamar así, pasaba porque el convoy enemigo continuase la marcha de modo que, pasado un tiempo prudencial, pudiésemos volver sobre nuestros pasos una vez hubiésemos destruido el depósito.

Por unos minutos que parecieron eternos aguardamos a que los franceses cruzasen por dónde nos hallábamos. En previsión de que quisieran indagar sobre por qué el centinela no se hallaba en su puesto García, despojado de su casaca y adoptando las trazas de un paisano, se acomodó en el puesto.

Desde un ventanuco entreabierto Pendlebury y yo observábamos las evoluciones del enemigo: contamos diez jinetes, dragones del 14º Regimiento a juzgar por el número que campeaba en la gualdrapa de las monturas, que daban escolta a tres carretas cubiertas.

Con una lentitud exasperante la columna alcanzó nuestra altura y, para nuestro alivio, comprobamos que seguían su camino. García, inclusive, participaba de nuestro regocijo remedando un torpe intento de parecer marcial y cuadrarse al paso de los jinetes, cosa que les produjo no poca risa.

Mas, al poco, unos gritos en la cabecera llamaron nuestra atención. Pendlebury enfocó con el alargavista y dijo, con preocupación, que unos lugareños habían interrumpido la marcha. Y, con horror, constatamos que varios de los jinetes de cabeza volvían grupas y cabalgaban hacia nosotros junto a dos o tres paisanos mientras las órdenes de "Alto" recorrían la línea.

Pude ver cómo García amartillaba su arma con disimulo y rogué para que sus tiradores, apostados en la arboleda inmediata, no hiciesen nada por su cuenta y riesgo. En el ínterin tanto yo como Pendlebury dispusimos nuestras pistolas; Bancalero y Delgado, por su parte, encañonaban a los prisioneros.

-Si abrís la boca moriréis, ¿comprendido?-les susurré aunque por su expresión quedaba claro su entendimiento.

-¡Vaya! ¿Quién eres tú?-oímos en el exterior y tratamos de ver qué ocurría.

-Javier García a vuestras órdenes, voluntario de Vejer de la Frontera.

-¿De Vejer? ¿Cuándo te has alistado? ¿Dónde están Antonio y Manuel?

Agarré a uno de nuestros cautivos y le susurré.

-¿Quién es el que está hablando?

-Casimiro Peña-respondió. -Es el jefe de nuestra compañía.

El tal Casimiro apremiaba a García quien, evidentemente, no podía responder a sus preguntas.

-Vamos, responde, de dónde has salido y dónde están los demás...

Pero mientras estábamos más pendientes de lo que se hablaba Pendlebury me señaló al sargento francés que, desde lo alto de su montura, no quitaba ojo a las piernas de García y echaba mano de su pistola de arzón.

-¡Los malditos pantalones!-gritó Pendlebury abriendo del todo el ventanuco y disparando sobre el francés.


-¡Fuego!-grité a mi vez con todas mis fuerzas desencadenando un auténtico infierno...

lunes, 22 de julio de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (I)

Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.

Parece que haya transcurrido un siglo, pero no hace mucho más de día y medio que hemos llevado a cabo la misión encomendada.

Y, aunque sea pronto para decirlo, creo que hemos tenido muchísima suerte habida cuenta la rapidez y la limpieza con que se han desarrollado los acontecimientos aun a pesar de haber sufrido sensibles bajas.

Pero no quiero adelantar acontecimientos así que me ceñiré, en lo posible, al orden de los hechos.

Después de la reunión con los representantes de los jefes guerrilleros favorables a nuestra propuesta, y no sin dificultad, acordamos que  proveerían el transporte, un par de carretas que eran, donde se habría de cargar el botín.

Volvimos, pues, a ponernos en camino al caer el pasado día once. Según Galván había ya poca distancia hasta Casas Viejas y, al parecer, el depósito de armas se encontraba a las afueras del pueblo (en nuestra dirección de marcha) lo que nos facilitaba la tarea en gran medida.

Y empezaba a clarear el nuevo día cuando, al fin, llegamos a los aledaños de Casas Viejas. El canto de los gallos y el mugir del ganado se oía ya con claridad de modo que nos cobijamos en una pequeña arboleda para descansar algo y preparar nuestro plan.

El depósito se encontraba, como dijera Galván, a una milla escasa de la población.

Era un edifico de una sola planta, poco más que un barracón, de los que se emplean para guardar los aperos de labor. Había sido rodeado por una cerca de madera y se había erigido una garita, donde dormitaba un solitario centinela, junto a la puerta.

Inmediatamente, una vez reconocido el terreno, se trazó el plan de acción:

El cabo Braza, con Cantero, Medinilla y Valverde, se apostaría en la orilla del camino que conducía a Casas Viejas para, en caso de actividad enemiga, retrasarla en lo posible amén de alertarnos.

Gaetano, Montiel y Salguero, los mejores tiradores del pelotón, tomarían posiciones desde donde se dominaba el objetivo. En caso de una salida en fuerza del enemigo, su fuego le haría no poco daño.

Galván, con sus hombres, había quedado algo más retrasado esperando al grupo encargado de transportar las armas.

Y, en fin, García, Delgado y Bancalero junto a Pendlebury y yo mismo nos encargaríamos de entrar en el recinto e intimar a la rendición de sus ocupantes.

El centinela, un paisano sin más uniforme que un correaje que había conocido mejores días, solamente se dio cuenta de que estábamos allí porque Bancalero puso la punta de su bayoneta sobre su cuello. Asustado, el hombre no pudo articular palabra.

-¿Cuántos hay ahí dentro?- le preguntó García.

El hombre no respondió de modo que lo dejamos al cuidado de Bancalero y nos dispusimos a entrar. García, con el mosquete presto y Pendlebury y yo, con una pistola en cada mano, nos situamos a ambos lados de la puerta mientras Delgado daba la vuelta para asegurarse de que no hubiera otra salida.

García gritó:

-¡Salgan en nombre del Rey!

Dos paisanos, con aspecto somnoliento, salieron para encontrarse con que estaban encañonados.

-¿Quién está al mando?-pregunté enérgicamente.

Uno de ellos acertó a decir.

-Es Casimiro, el de las tórtolas, pero debe de estar en el campo...

-Quiere decir que quién manda ahora, pollino-le interpeló García.

-Éste-señaló al otro con alivio mientras su compañero le miraba de reojo.

-¿A qué unidad pertenecen ustedes?-volví a preguntar mientras Delgado, que acababa de aparecer, entró a un gesto de García.

-Tercera compañía de Tiradores de la Guardia Cívica-respondió con sequedad.

-¿Dónde están sus uniformes?-preguntó Pendlebury y traduje de inmediato.

El hombre me miró e hizo un expresivo gesto con las manos abiertas. En el ínterin un ruido de caballerías nos avisó de que llegaban los carros.

-¡A la faena!-gritó Galván mientras varios hombres entraban en el barracón.

-¡Hay lo menos cien y también barriles de pólvora!-exclamó Delgado que salía.
Galván se encaró con el otro prisionero y le espetó:

-¿No os da vergüenza servir a los gabachos?

El hombre no respondió pero su compañero sí lo hizo.

-¿Y tú? ¿Qué haces con los ingleses?

Galván echó mano a la navaja que llevaba embutida en la faja pero logré sujetar su brazo.

-¡Calma!-grité.

-Al traidor que matemos hoy no tendremos que combatirle mañana-dijo Delgado.

-¡A callar, infante!-gritó García. -Ve a por los tiradores...

Delgado obedeció y Will, que salía del barracón, exclamó.

-Voy a ocuparme de la voladura.

-¿De cuántos hombres dispone esta unidad aquí?-inquirí.

-¡No le voy a decir nada, cochino inglés!

Tuve que frenar de nuevo a Galván.

-Doce aquí en Casas Viejas-dijo el otro y añadió, mirando a su furibundo compañero -¡Cierra la boca! ¿Quieres que nos maten?

Luego dijo:

-Perdónele, señor oficial. A su hermano lo enroló la Real Armada y se perdió en el Cabo Trafalgar.

Galván espetó un improperio pero la llegada a la carrera del infante Medinilla lo interrumpió.


-¡Viene tropa enemiga!-gritó señalando a la entrada del pueblo.