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domingo, 2 de septiembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo I



Tres de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

Apenas si he dormido algo en la estancia que se ha dispuesto para mí en la embajada británica.

Tras un día horrible en el que tuve que repetir hasta la extenuación que era inocente del asesinato del mayor Howard Webb, y merced a los buenos oficios del mayor Gough, el capitán Edwards y, cómo no, el señor Arliss, el general Graham ha decidido no enviarme al barco correo que me conduciría al presidio en Gibraltar.

Y ello no se debe a que esté convencido de que soy culpable, algo que pese a todo no me consta, sino porque la muerte de un oficial irlandés y protestante a manos de un camarada católico podría resultar fatal para las tropas que guarnecen Cádiz y La Isla.

-No hace falta ser el sabio Solón- dijo con socarronería el señor Arliss mientras despachaba el desayuno que apenas había probado yo, para saber que un hecho así podría despertar viejos odios y rencores que yacen en la memoria de muchos de quienes vivieron los terribles sucesos de la Gran Rebelión de 1798 y que ahora sirven bajo los colores del Rey.

No quise creerlo, al menos al principio, pero los hechos parecían confirmar las palabras del astuto espía:

-¿Qué podría esperarse del asesinato de un notorio orangista? ¿Que el asesino pretendiese pasar inadvertido? Esa es la opción más plausible, desde luego. Pero, en caso contrario, ¿qué haría para llamar la atención sobre su crimen?

-Pues precisamente lo que ha hecho. Dejar la prueba ostensible de que ha sido un crimen de raíz, llamémosla política, y ha dejado como sudario una bandera rebelde.

Le oía mientras clavaba mis ojos en la bandera con el arpa y el lema bordados en oro.

-Y parece que quienquiera que haya cometido el crimen sabía de su animosidad hacia el mayor Webb.

-Fue el quien me provocó en cuantas ocasiones nos tropezamos-repliqué.

-Oh, eso ya lo sé pero el resto de la Humanidad lo ignora-contestó a su vez haciendo un gesto con la mano. –Desde luego ha sido muy inteligente.

-Puede mandar a buscar al teniente George Quinn, de la segunda compañía-dije- -Él podrá atestiguar que fui hostilizado sin provocación.

Me miró mientras se atusaba las patillas.

-Podría, desde luego-contestó al fin. –Pero creo, y el general Graham y el embajador coinciden con mi parecer,  que lo mejor que podemos hacer es no divulgar demasiado todo este desgraciado asunto.

Hizo una pausa y luego clavó en mí sus ojos.

-¿Recuerda algo de la Gran Rebelión, teniente?

-No mucho-respondí.-Yo era solamente un niño y, gracias a Dios, en Tipperary no hubo demasiada lucha.

-Pues en otros lugares sí la hubo, y en exceso, por no hablar de la posterior e inevitable represión. Esta es una ciudad muy pequeña, ¿se imagina lo que pasaría si los irlandeses empezaran a matarse entre sí?

-Me hago una idea-respondí con desgana. –Las fuerzas británicas quedarían muy mermadas y se produciría una situación que…


-Que podría desembocar en la entrada del ejército francés- me interrumpió. –Y después de España los franceses se abalanzarían sobre sus colonias americanas y eso podría hacer que perdiésemos esta guerra.

Reflexioné sobre lo que decía y la perspectiva no era ni mucho menos halagüeña.

-¿Hay algo que yo pueda hacer?-dije. –A fin de cuentas parece que soy responsable, aún indirecto, de este estado de cosas.

-En realidad esto es como el juego del ajedrez-respondió con la mirada perdida en un rincón de la estancia. –Sí, eso es. Es una partida en la que usted juega el papel de peón, al menos para el asesino.

No entendía nada de lo que decía y debió adivinarlo porque a continuación fue más explícito.

-Creo que es evidente que ha sido usted elegido como chivo expiatorio por puro azar, o por una serie de circunstancias, pues es evidente que quien haya querido incriminarle desconoce su verdadera importancia.

-Es decir-agregó-que es evidente que no saben de su pertenencia al Cuerpo de Guías ni los servicios que está usted desempeñando con las guerrillas de la retaguardia francesa. 

-Y vamos a aprovechar esa ignorancia porque usted, mi querido teniente, en este juego tiene más valor que un rey.

sábado, 11 de agosto de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XVI





Dos de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

-Recuerde que ha dado su palabra de oficial y de caballero, teniente Talling.

Las palabras del general Graham resonaron en mi cabeza como disparos de cañón. Realmente me encontraba agotado y aturdido por la serie de circunstancias que me habían conducido a aquella estancia de la embajada británica y donde se congregaban en torno a mí el comandante en jefe británico y su segundo inmediato, el embajador de Su Majestad en España (o lo que quedaba de ella), mis jefes de batallón y de compañía y un meditabundo Diogenes Arliss que paseaba arriba y abajo mordisqueando uno de sus panecillos.

-No puedo más que reafirmarme en cuanto he dicho, señor-respondí cansado pero firme.

-¿Y por qué no se presentó inmediatamente con el mensaje que le pasaron los guerrilleros?-insistió el general.

Iba a responder pero Arliss se anticipó indicando que no tenía órdenes para ello hasta el día siguiente.

El general bufó exasperado.

-¿Y estando en posesión de una información como esa no se le ocurrió otra cosa que ir a una casa de rameras y matar al mayor Webb?

Otra vez la misma acusación. La que llevaba oyendo desde que ayer, antes de que amaneciera, un piquete de soldados del mayor preboste me sacara de mi lecho y me llevase a la embajada. Una acusación falsa, desde luego, pues aunque Webb fuese un indeseable no merecía morir de forma tan anodina.

-El teniente Talling es un oficial leal y ha dado sobradas muestras de valor y de iniciativa-terció el generalStewart quien, hasta entonces, apenas había abierto la boca.

-Pues estuvo a punto de desafiar al muerto, al difunto-corrigió. -Y al parecer no era la primera desavenencia que tenía con él-insistió el general Graham. –Y no es ocioso añadir que es católico.

Quise protestar pero esta vez fue el mayor Gough quien pidió la palabra.

-Con el debido respeto de vuestra señoría-dijo dirigiéndose al general Graham-buen número de nuestros soldados de Irlanda profesa esa religión mas ello no es óbice para que cumplan como buenos.

Pude ver cómo el general Stewart y el capitán Edwards asentían en silencio y, también, como el embajador Wellesley no dejaba de contemplar el objeto que estaba sobre la mesa junto a él.

-No crean que no se que hay muchos, muchísimos rebeldes, que eludieron la horca alistándose en regimientos como el 87 y el 88-añadió el general Graham irritado no tanto porque creyera que yo era culpable como porque no parecía tener apoyos entre la concurrencia.

-Con permiso de sus señorías-dije sobreponiéndome al agotamiento.-Mi padre defendió la causa del Rey durante la última rebelión y yo soy un oficial al servicio de ese mismo rey.

-¡Que Dios Guarde!-gritó Arliss más con sorna que con convicción para atemperar los ánimos.

El general Graham calló durante unos instantes, que me parecieron eternos.

-Está bien-dijo al fin. –Si todos ustedes, caballeros, están convencidos de la inocencia de este oficial no seré yo quien les contradiga pero hemos de hallar al culpable porque este asunto podría acabar en tragedia. Excuso añadir que es imperativa la mayor reserva.

Se acercó a la mesa junto al embajador y tomando con ambas manos el objeto que tanta atención le prestara aquél lo desplegó a la vista de todos.
Era un pedazo de tela rectangular, de un hermoso color verde esmeralda, en cuyo centro campeaba un arpa dorada bajo la que podía leerse un lema: ERIN GO BRAGH[1]




[1] IRLANDA POR SIEMPRE