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lunes, 8 de julio de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VII (II)


Diez de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar en ruta hacia Casas Viejas.

Había caído la noche y los sonidos tan familiares a lo largo de la jornada se desvanecieron lo mismo que la luz que se filtraba por la boca del pozo. 

Estaba previsto que los enviados de los grupos guerrilleros que operaban en aquellas regiones habrían de encontrarse ya allí.

Una voces en la boca del pozo nos pusieron en guardia pero Galván nos tranquilizó con un movimiento de la mano.

-No pasa nada-dijo. -Ya es el momento de subir.

Una escala de cuerda fue tendida y, a la luz de un farol, subimos Will Pendlebury, el sargento García, Galván y yo. Se acordó que los hombres podrían subir por turnos para cenar y desentumecerse de la prolongada reclusión.

Matías, que tal era el nombre del posadero, nos guió hacia una estancia del piso superior. Era pieza amplia donde se habían unido dos mesas y dispuesto varias sillas a su alrededor; tres hombres aguardaban nuestra llegada.

Galván les estrechó la mano y a continuación hizo las presentaciones.

-Francisco Manzaneque, a las órdenes de Pedro Zaldívar, de la campiña de Xerez de la Frontera; Ramón González, teniente de Luis Gomar, de El Bosque; y Amador Poveda, de la agrupación patriota de Conil de la Frontera.

Intercambiamos saludos y nos sentamos. Los dos primeros eran hombres del campo mientras que el tercero tenía trazas de persona acomodada, a juzgar por su vestimenta y sus modales.

-¿Cómo es que mandan a un simple teniente a una reunión de este tipo?-preguntó súbitamente González mirándome.

-Yo no estoy al mando-respondí- sino el capitán Pendlebury aquí presente. -Él no habla su lengua pero yo sí, por eso he tomado la palabra.

González miró a Galván y éste asintió en silencio. El primero no se dejó impresionar y arremetió de nuevo.

-¿Y los soldados que vienen con ustedes? Son españoles, ¿no es así? ¿Por qué no ha venido un oficial español?

Iba a replicar pero Galván se adelantó.

-Eso ya lo hablamos, Ramón. Necesitamos armas y los ingleses están en condiciones de dárnoslas.

-¿Cómo está usted bajo mando inglés, sargento?-terció Manzaneque.

García me miró a mí y a Pendlebury antes de responder.

-Soy un soldado, señor. Obedezco las órdenes que me dan.

Traduje a Will lo que estaban diciendo y me indicó que les hiciera saber que estábamos allí para ayudarles, no para que nos insultasen desconfiando de nosotros.
  
-Ustedes quieren armas, ¿no es así?-dije. -Pues en ese caso es mejor que todos confiemos entre nosotros.

-Disculpe, teniente-esta vez fue Poveda quien habló. -No pretendemos ofenderle pero aquí no hay demasiado buen recuerdo de los ingleses.

Traduje a Will quien asintió y me señaló que ahora las circunstancias eran otras. Así lo hice y Manzaneque respondió agriamente.

-¿Cómo pretenden que olvidemos sus rapiñas y sus ataques? Ustedes los ingleses siempre han sido enemigos de España.

Galván replicó pero mi respuesta se oyó con claridad.

-Yo no soy inglés, soy irlandés.

-Tanto monta, monta tanto-respondió González. Son todos iguales.

-Pedí a García que tradujera a Will para poder concentrarme en rebatir los ataques, basados más en la tradicional enemistad entre España y Gran Bretaña que en otra cosa aunque, pensé para mis adentros, no sabían aquellos hombres que su desconfianza era del todo justificada por cuanto había visto lo que hacían nuestros soldados con los bienes y las industrias que caían en nuestro poder.

-Señores-dije-somos aliados contra Bonaparte. Ustedes han acudido a nosotros porque quieren luchar y nosotros estamos dispuestos a darles con qué. Es por eso que estamos aquí y si mandamos soldados españoles es porque queremos dejar claro que nuestras intenciones son tan nobles como puedan serlo las suyas.

Se miraron durante unos instantes y aproveché para seguir.

-¿Creen que sin fuese así los mandos españoles nos hubiesen cedido a estos hombres?

Poveda alzó la mano.

-Seamos francos, pues. ¿Qué quieren a cambio de darnos las armas?

-Que las utilicen-respondí.

González bufó.

-¿Y qué más? Luis Gomar no acepta órdenes ni de la Junta ni de los ingleses. Si quieren ponernos a bajo su mando olvídenlo.

Galván tronó.

¿Quién ha dicho nada de eso? Fui a ver a los ingleses porque queremos pelear y la Junta no está en condiciones de darnos nada. He empeñado mi palabra y ahora no voy a quedar como un embustero.

Me interpuse al tiempo que dije.

-Nuestra voluntad está clara: nos han pedido ayuda y hemos venido. No exigimos que se sometan a ningún mando que no sea el que ustedes dispongan pero esperamos que, como he dicho, utilicen las armas hostigando al enemigo y destruyendo todo cuanto pueda serle de utilidad.

Poveda volvió a hablar.

-Discúlpenos, teniente. Esto es nuevo para todos nosotros. No somos militares y hasta hace bien poco cada uno se dedicaba a sus quehaceres. No es nuestra intención ofenderle a usted, ni a su capitán ni a su Rey pero el ver cómo invaden nuestro país nos obliga a tomar parte en su defensa.

-Pedro Zaldívar no reconoce a más señor que a Don Fernando VII, cautivo de esos impíos que asolan nuestros templos-recitó Manzaneque como si se tratase de un rezo.

Se enzarzaron en una discusión sobre los problemas de España, a la que también se unió Galván. Mientras los oía pensaba en que si realmente el haberme encomendado esta misión era mejor que estar en una celda en Gibraltar.

Cuando al fin se calmaron fue Will quien habló mientras yo traducía.

-Caballeros, su enemigo es nuestro enemigo. Nos hemos comprometido a asistirles y eso es lo que haremos. Y como muestra de que lo que aseveramos es verdad les proporcionaremos armas de forma inmediata.

-¿Y dónde están? ¿Las han traído con ustedes?-inquirió irritado González.

Hice un gesto a García y él respondió.


-Nosotros se las quitaremos a los gabachos y a los afrancesados y se las daremos a ustedes. Para eso hemos venido.

domingo, 26 de mayo de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VII (I)


Diez de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar en ruta hacia Casas Viejas.

Empezaba a clarear cuando El Recio nos indicó que nos estábamos aproximando al siguiente refugio.

Estábamos agotados después de marchar toda la noche por caminos llenos de barro y calados hasta los huesos por la humedad y el frío. 

En honor a la verdad hemos cubierto unas seis o siete millas, según los cálculos de Pendlebury y, además, hemos tenido la inmensa fortuna de poder recorrer la totalidad de esa distancia por caminos regulares. Ciertamente no nos hemos cruzado con ninguna patrulla, ni con nadie en realidad, de modo que hemos podido marchar sin tener que internarnos en los campos y arboledas lo que nos hubiese retrasado habida cuenta de las recientes lluvias.

Una nota de aprensión se apoderó de mí, y creo que de todos, cuando advertimos que nuestro refugio iba a ser una posada situada más allá de la bifurcación que lleva a una villa llamada Vejer. Realmente no parecía ser el mejor lugar para reponernos tras una agotadora marcha nocturna mas El Recio, casi adivinando mis pensamientos, me tranquilizó diciéndome que no habría ningún problema y que nadie nos vería.

No muy convencido llegamos a la puerta del establecimiento. García y sus hombres habían aprestado los mosquetes, igualmente temerosos de caer en una celada.  El posadero, que sin duda nos aguardaba, nos hizo pasar y tras atravesar el amplio comedor, desembocamos a un patio. Farol en mano se dirigió a un pozo que había bajo unas escalinatas indicándonos que le siguiéramos. Así lo hicimos y, para mi sorpresa y creo que para la de todos, nos señaló el borde del mismo.

Fue Galván quien, sentándose a horcajadas, empezó a descender por una escala que no habíamos visto. Me asomé a tiempo de ver cómo desaparecía por una oquedad practicada en una de las paredes del abismo. Así, en pocos minutos, todo el pelotón se deslizó por la oscura boca y accedió por la oquedad que ocultaba una gruta lo bastante espaciosa como para que pudiéramos acomodarnos todos.

Aún embargado por la sorpresa, Galván me explicó que aquello era un escondite empleado por los contrabandistas que operaban en la costa cercana. Él mismo lo había empleado varias veces y allí pasaríamos el resto del día antes de volver a ponernos en camino al caer la noche. A mi pregunta acerca de que podríamos haber sido vistos por algún huésped replicó que el posadero era un patriota (aunque me inclino a pensar que sea su socio en sus negocios de contrabando) y que quienes la ocupan son gente de confianza. Tanto que, al parecer, es este el lugar elegido para celebrar la reunión con los jefes guerrilleros.

Hice ver a Pendlebury que los españoles parecían haber dispuesto todo con antelación, pues ambos suponíamos que la reunión tendría lugar más cerca de Casas Viejas. Mas él, como oficial al mando, se limitó a indicar que nuestra misión se ceñía a  despachar las cartas y capturar el depósito, siendo los detalles de este tipo intrascendentes.

Por otra parte la gruta que habría de ser nuestro cobijo, pese a las reticencias de los hombres de García, estaba bien surtida de vituallas y bastante bien ventilada, prueba de que debía ser más grande de lo que parecía.

Agotados nos dispusimos a descansar después de que se dispusiesen los turnos de guardia. No pude resistirme a preguntar a Galván si la gruta contaba con alguna otra salida. Ante mi insistencia respondió que, en efecto, la había y al cuestionarle si era preciso destacar guardias en aquella me respondió que no había de preocuparme y que a su tiempo me revelaría donde se encontraba.

Traté de dormir y lo logré, mal que bien, algunas horas. Desde la boca del pozo podían oírse las voces de los viajeros que hacían alto o de los comerciantes que ofrecían allí sus mercaderías. Agucé el oído tratando de captar voces francesas pero no pude distinguir ninguna, si es que las había.
En esos momentos se incorporó a la guardia el infante Valverde, a quien sus camaradas llamaban El Bachiller. Sabía que era una distinción reservada a personas de cierta formación por lo que mi curiosidad se impuso a la costumbre de no dirigirse a la tropa e inquirí acerca de las circunstancias que le habían conducido a la presente situación. Con voz queda me narró la siguiente historia:

-Yo estaba en Madrid el Dos de Mayo. Mis compañeros y yo, al oír que los patriotas se habían levantado contra los ocupantes, acudimos a la Puerta del Sol a ayudar en lo que pudiéramos. Éramos cinco y estábamos embriagados de fervor patriótico. Se decía que los franceses se iban a llevar al infante Don Francisco de Paula y que iban a dar el trono de España a Murat.

No teníamos armas, en realidad tampoco las sabíamos manejar, pero había gente por todas partes que portaban desde pistolas hasta horcas y navajas. Se oían disparos y el griterío era indescriptible.

De pronto alguien mandó callar y poco a poco todo quedó en silencio. Un estruendo que procedía de la Puerta de Alcalá se hacía oír cada vez más. Parecía como el retumbar de los truenos pero era diferente... El firme de la calzada vibraba por momentos, como si la tierra fuera a abrirse. Entonces una voz gritó:

 ¡Vienen los mamelucos!

Los vimos  aparecer cuando empezaban a picar espuelas. Tal y como los caballos empezaron a ganar velocidad desenvainaron los alfanjes y empezaron la matanza.

Fue un horror. Cargaban contra cualquiera, ya fuera hombre o mujer, o niño incluso, llevara o no armas.

Todos corrimos aunque no había forma de librarse de aquellos demonios. Daban mandobles a derecha y a izquierda y los caballos pisoteaban los cuerpos de los desgraciados que caían bajo sus terribles tajos.

Pronto me separé de mis compañeros y solamente pude ver cómo uno de ellos caía con la cabeza abierta, a los demás no los volví a ver. Eché a correr presa del pánico cuando advertí que uno de aquellos diablos picaba espuelas y se lanzaba tras de mí.

Y corrí, corrí como nunca antes lo había hecho. No recuerdo por cuánto tiempo mas el caso es que me detuve y me oculté en un portal mientras el repiqueteo de los cascos del caballo contra los adoquines me martilleaba las sienes.

Por un instante no ocurrió nada. Oí como el caballo relinchaba y el golpeteo de los cascos contra el firme pero, de improviso, oí un grito:


¡En ese portal!

Le vi atravesar el portal con el alfanje en la mano. Eché a correr escaleras arriba y no me abrí la cabeza de milagro con los tiestos que colgaban de la pared. Estaba muerto de miedo y casi sin fuerzas y tropecé. Tuve el tiempo justo para volverme y ver cómo levantaba el arma. Entonces le lancé una patada que le hizo perder el equilibrio.

Y sin saber de dónde saqué las fuerzas y el ánimo agarré uno de los tiestos y lo estampé contra su cabeza en el momento en que se incorporaba. Solamente recuerdo cómo la sangre empezaba a mancharle el rostro y caía hacia escaleras abajo...

Ya no tenía remedio. Había matado a un soldado enemigo y la delación de que había sido objeto no me dejaba otra alternativa que escapar. Le quité la pistola y un puñal moruno que portaba y eché a correr de nuevo. Traté de buscar refugio pero cuando decía que había matado a un mameluco todo el mundo me cerraba las puertas. Al final, tras burlar a los franceses no sé cuantas veces, logré salir de Madrid y pude unirme a otros que, como yo, huían de las represalias.

Y aquí estoy...- concluyó Valverde como si lo que hubiese narrado no fuera sino el producto de una aventura de días escolares.

Me disponía a retirarme cuando, por pura indiscreción, le pregunté acerca de lo que estudiaba.


-Teología- replicó con indiferencia.