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lunes, 21 de octubre de 2013

LIBRO II" ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (IV)


Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
         
     Un par de disparos, seguidos de un ominoso silencio solamente roto por el bufido de los caballos heridos, fue el anuncio de que todo había acabado. Aún estaba en pie, con las pistolas firmemente sujetas y la mirada perdida como si no hubiese sido más que un mal trance.
        
    No lo había sido, desde luego, pues pude oír, a mi espalda, la voz de Pendlebury.
        
    -¡En nombre de Dios, Ian! ¿Es que querías que te matasen?
       
     No respondí, por supuesto, pues no deseaba admitir que me había paralizado el miedo mas el vozarrón de García, hablando en inglés, me ahorró las explicaciones.
     
   -No había visto tanto valor en mi vida. ¿Lo ha visto usted, capitán?-añadió dirigiéndose a Will. -Se ha

quedado plantado como si fuera el mismísimo Pepe-Hillo, sin mover un solo músculo.
       
    -Aún así se ha arriesgado de modo imprudente. El éxito de la misión está por encima de cualquier exhibición-replicó Pendlebury inusualmente ordenancista. Pensé que tenía razón pues, a fin de cuentas, creo que solo confiaba plenamente en mí y mi pérdida hubiese sido un desastre para él.
       
     Iba a disculparme cuando vi acercarse a Braza. Había dado buena cuenta de los enemigos que les cupo en suerte pero su semblante no anunciaba celebración alguna.
        
     -¡A la orden de mi sargento!-tronó Braza cuadrándose.
     
       García le concedió la palabra.
    
       -Un muerto, mi sargento.
   
       ¿Quién?
  
       -El cartagenero... el infante Medinilla-respondió Braza tras recomponer la respuesta.

       García asintió en silencio. Will me miró sin comprender y se lo comuniqué. Pareció que me iba a decir algo pero una algarabía procedente del pueblo le cortó en seco.

        Un grupo de paisanos marchaba hacia donde nos encontrábamos, liderados por un clérigo y un hombre de edad que debía ser, eso pensé, el alcalde.

        -¡Qué inquisición, Dios Mío de mi alma! ¡Qué inquisición!

        Los gritos del párroco me desorientaron lo bastante, pues no entendía el sentido, como para preguntar a García.

        -Viene a decir que es una tragedia-me susurró al tiempo que daba un paso al frente para detener a la comitiva.

        ¡Alto!-gritó y el murmullo se apagó casi al instante.

        Tras unos instantes de pesado silencio el cura se adelantó.

        -¡Han traído la guerra a nuestro pueblo! ¡Han matado a soldados franceses! ¡Esto será nuestra ruina!

        Un coro de voces aullantes recalcó sus palabras. Iba García a replicar cuando, a mi vez, di un paso al frente.

        -¿Hemos traído la guerra?-grité. ¿Acaso España no estaba ya en guerra?

        -Santo Dios Bendito... musitó el cura previamente a un arranque bastante sonoro. -¡Un inglés! ¡Un hereje nos trae la ruina, señores vecinos!

        Nuevamente los aullidos de la turba cobraron fuerza. No me pasó desapercibido que Valverde y Cantero de dejasen ver, con las armas prestas, a espaldas de los enfurecidos lugareños. Asimismo, Gaetano y Delgado ya habían tomado posiciones a mi espalda y Pendlebury, que solamente había colegido el término inglés, se afanaba en recargar una de sus pistolas.

        -¿Es que tiene que venir un extranjero a enseñaros a luchar por vuestra patria?-grité consciente de que aquella gente era muy capaz de desarmarnos y entregarnos a los franceses.

        -¡Vengo con soldados españoles, españoles de verdad, que luchan por su patria y su rey y por verla libre de invasores.

        -¿Qué rey es ese?-gritó una voz. -Ya tenemos un rey y es Don José I Bonaparte.

        -¡Mamporrero de gabachos-gritó Delgado mas García, con gesto imperioso, lo llamó al orden.

        -¿Un francés? ¿Un rey francés?-grité. -¿Uno de esos que degüellan a su natural señor? ¿Esos que han incendiado templos y secuestrado al Papa de Roma?

        El clérigo me miró con furia.

        ¿Qué pude saber de eso un hereje inglés? ¿Es que son mejores que los franceses?

        -¡Pater noster,
         qui es in caelis,
         sanctificetur nomen tuum...!

        El cura no supo qué responder ante la forma en que recité, con convicción legítima, la oración de nuestro Creador. Y creo que tampoco esperaba que, tras abrir el cuello de mi casaca, mostrase la cruz que me regalara el páter Fennessy cuando partí para Lisboa, haciendo de correo, tras la batalla de Talavera.

        -¡Esta es la cruz de San Patricio! ¡La cruz de los buenos católicos de ese país que llaman aquí Irlanda! ¡Puedo no ser español, pero vengo a luchar por vosotros junto a soldados españoles y con la cruz de la Fe, única y verdadera!

        Un nuevo silencio cayó pesadamente. El hombre al que había juzgado como alcalde alzó tímidamente la voz.

        -Pero los franceses tomarán represalias...  Y hay paisanos nuestros enrolados en su Milicia...

       



-¿Represalias?-gritó García.

       
      -¿Creéis que pensaban en eso Daoíz y Velarde? ¿Y los que lucharon en Bailén o en Talavera? ¿O los que luchamos ahora lejos de nuestros hogares?

         ¡Se han metido en nuestros pueblos, se llevan lo que les viene en gana, esclavizan a vuestros mozos enrolándolos en sus tropas...!

     
        ¿Y aún habláis de represalias?

lunes, 9 de septiembre de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VIII (III)


Trece de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
              
  Corrí hacia la entrada seguido de Delgado mientras Pendlebury descargaba su otra pistola a través del ventanuco. Fuera, el estampido de los disparos, los gritos y los relinchos de las cabalgaduras habían convertido aquella plácida mañana en el remedo de la guerra que atronaba por todo el Continente.
         
       García, que había derribado de un culatazo a Casimiro Peña, había descargado luego su arma contra el subteniente francés que se encontrara junto a aquél, y que presumiblemente era el oficial al mando del convoy. Cuando llegamos a su lado se batía contra un jinete que, en vano, trataba de ensartarlo con su sable. Un disparo de Delgado derribó al francés y corrimos a cubrirnos, protegidos por el fuego graneado de Gaetano, Montiel y Salguero, los tiradores selectos que García dispusiera en la arboleda aledaña.

         En una esquina del barracón, fuera del alcance enemigo, García y Delgado recargaron sus armas y calaron las bayonetas; a mi vez comprobé mis pistolas y en el momento nos dirigimos al meollo del combate.

        Un caballo sin jinete estuvo a punto de arrollarnos y cuerpos tendidos aquí y allá evidenciaban que los hombres de García conocían su oficio. Corrimos hacia uno de los carromatos, cuyo tiro había sido abatido por sendos impactos, con la intención de disponer de un puesto de tiro a cubierto. En el camino, hacia el pueblo, arreciaba el fuego, señal de que el cabo Braza y su escuadra habían cerrado la vía de escape del enemigo y los gritos de Allez, Allez se dejaban oír con apremio.

         Estábamos cerca del furgón cuando una descarga, procedente del mismo, se abatió sobre nosotros. Inmediatamente García y Delgado pusieron rodilla en tierra y descargaron sus armas pero yo, como me ocurriera en Talavera, no tuve presencia de ánimo para nada que no fuese quedarme en pie, allí mismo, con mi casaca roja y mi faja de oficial clamando para que me cocieran a balazos y olvidando los consejos de mi padre sobre la predilección de la tropa por abatir a los oficiales.

         -¡Agáchese teniente!-oí gritar a García pero mi atención se hallaba concentrada en una pareja de dragones que galopaba hacia nosotros.

         Por un momento no supe qué era lo que iba a hacer. Parecía como si un pesado silencio se hubiese abatido sobre aquél pedazo de tierra española. Inclusive parecía que los caballos que se dirigían hacia mí fuesen despacio, muy despacio, tanto que hasta podía ver la espuma que gorgoteaba de su hocico y las nubecillas de vapor de los ollares. Recordé aquél día, cerca de Lisboa, cuando uno de los hombres de Emil Saiffer cargó contra mí y lo derribé de un disparo de pistola.

         Según me refirió después García, jamás había visto tanto valor  como el que demostré pero, en honor a la verdad, creo más bien que fue el propio miedo que me atenazaba, y que había convertido mis piernas en rocas, lo que me impidió agacharme siquiera y, cual asno que mueve la piedra del molino, por pura costumbre, alcé mis pistolas y disparé.

         -¡Dios!-fue lo siguiente que oí con claridad y, seguidamente, pude contemplar cómo uno de los dragones estaba tendido a apenas dos pulgadas de donde me hallaba. El hombre trató de ponerse en pie pero fue atravesado, sin contemplaciones, por la bayoneta de Delgado. En el ínterin, García exclamó en inglés.

         -¿Dónde le han enseñado a disparar, teniente?

         Reaccioné a su interpelación mirándole sin pronunciar palabra, mas su gesto me hizo mirar al frente:

         Uno de los caballos relinchaba penosamente, tendido en el suelo con el codillo de una de sus patas destrozado por una bala; por otra parte, otro jamelgo olisqueaba el cuerpo de su jinete, tendido en el suelo y con el casco de bronce y de negra crin partido en dos limpiamente.