Trece
de Abril de 1810 (Anno Domini). En
algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
Un par de disparos,
seguidos de un ominoso silencio solamente roto por el bufido de los caballos
heridos, fue el anuncio de que todo había acabado. Aún estaba en pie, con las
pistolas firmemente sujetas y la mirada perdida como si no hubiese sido más que
un mal trance.
No lo
había sido, desde luego, pues pude oír, a mi espalda, la voz de Pendlebury.
-¡En
nombre de Dios, Ian! ¿Es que querías que te matasen?
No
respondí, por supuesto, pues no deseaba admitir que me había paralizado el
miedo mas el vozarrón de García, hablando en inglés, me ahorró las
explicaciones.

quedado plantado como si fuera el mismísimo Pepe-Hillo, sin mover un solo músculo.
-Aún así
se ha arriesgado de modo imprudente. El éxito de la misión está por encima de
cualquier exhibición-replicó Pendlebury inusualmente ordenancista. Pensé que
tenía razón pues, a fin de cuentas, creo que solo confiaba plenamente en mí y
mi pérdida hubiese sido un desastre para él.
Iba a
disculparme cuando vi acercarse a Braza. Había dado buena cuenta de los
enemigos que les cupo en suerte pero su semblante no anunciaba celebración
alguna.
-¡A la
orden de mi sargento!-tronó Braza cuadrándose.
García le
concedió la palabra.
-Un
muerto, mi sargento.
¿Quién?
-El
cartagenero... el infante Medinilla-respondió Braza tras recomponer la
respuesta.
García
asintió en silencio. Will me miró sin comprender y se lo comuniqué. Pareció que
me iba a decir algo pero una algarabía procedente del pueblo le cortó en seco.
Un grupo
de paisanos marchaba hacia donde nos encontrábamos, liderados por un clérigo y
un hombre de edad que debía ser, eso pensé, el alcalde.
-¡Qué inquisición, Dios Mío de mi alma! ¡Qué inquisición!
Los gritos
del párroco me desorientaron lo bastante, pues no entendía el sentido, como
para preguntar a García.
-Viene a
decir que es una tragedia-me susurró al tiempo que daba un paso al frente para
detener a la comitiva.
¡Alto!-gritó
y el murmullo se apagó casi al instante.
Tras unos
instantes de pesado silencio el cura se adelantó.
-¡Han traído
la guerra a nuestro pueblo! ¡Han matado a soldados franceses! ¡Esto será
nuestra ruina!

-¿Hemos
traído la guerra?-grité. ¿Acaso España no estaba ya en guerra?
-Santo
Dios Bendito... musitó el cura previamente a un arranque bastante sonoro. -¡Un
inglés! ¡Un hereje nos trae la ruina, señores vecinos!
Nuevamente
los aullidos de la turba cobraron fuerza. No me pasó desapercibido que Valverde
y Cantero de dejasen ver, con las armas prestas, a espaldas de los enfurecidos
lugareños. Asimismo, Gaetano y Delgado ya habían tomado posiciones a mi espalda
y Pendlebury, que solamente había colegido el término inglés, se afanaba en recargar una de sus pistolas.
-¿Es que
tiene que venir un extranjero a enseñaros a luchar por vuestra patria?-grité
consciente de que aquella gente era muy capaz de desarmarnos y entregarnos a
los franceses.
-¡Vengo
con soldados españoles, españoles de verdad, que luchan por su patria y su rey
y por verla libre de invasores.
-¿Qué rey
es ese?-gritó una voz. -Ya tenemos un rey y es Don José I Bonaparte.
-¡Mamporrero
de gabachos-gritó Delgado mas García, con gesto imperioso, lo llamó al orden.
-¿Un
francés? ¿Un rey francés?-grité. -¿Uno de esos que degüellan a su natural
señor? ¿Esos que han incendiado templos y secuestrado al Papa de Roma?
El clérigo
me miró con furia.
¿Qué pude
saber de eso un hereje inglés? ¿Es que son mejores que los franceses?
-¡Pater noster,
qui es in caelis,
sanctificetur nomen tuum...!
El cura no
supo qué responder ante la forma en que recité, con convicción legítima, la
oración de nuestro Creador. Y creo que tampoco esperaba que, tras abrir el
cuello de mi casaca, mostrase la cruz que me regalara el páter Fennessy cuando partí para Lisboa, haciendo de correo, tras
la batalla de Talavera.
-¡Esta es
la cruz de San Patricio! ¡La cruz de los buenos católicos de ese país que
llaman aquí Irlanda! ¡Puedo no ser español, pero vengo a luchar por vosotros
junto a soldados españoles y con la cruz de la Fe, única y verdadera!


-Pero los
franceses tomarán represalias... Y hay
paisanos nuestros enrolados en su Milicia...
-¿Represalias?-gritó
García.
-¿Creéis
que pensaban en eso Daoíz y Velarde? ¿Y los que lucharon en Bailén o en Talavera? ¿O los que luchamos ahora lejos de nuestros hogares?
¡Se han metido en nuestros pueblos, se llevan
lo que les viene en gana, esclavizan a vuestros mozos enrolándolos en sus
tropas...!
¿Y aún
habláis de represalias?