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domingo, 2 de diciembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (IV)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz
        
   Pensé que iríamos a Los Mártires en busca de Graziella Varese pero los planes de Arliss eran otros de modo que enfilamos directamente hacia La Aduana.
        
   Instalados en las estancias destinadas al embajador británico, con Burton y Henderson custodiando la puerta, Arliss sirvió sendas copas de oporto y atisbó por el telescopio hacia Matagorda, que continuaba soportando el cañoneo francés.
        
   Casi no me atreví a preguntar pero pudo más la incertidumbre. Sin apartar la mirada del visor del instrumento, Arliss respondió pausado como solía.
        
   -Creo que será mejor no exhibirle demasiado teniente.
        
   -¿A qué se refiere? ¿Ha dejado de creer en mi inocencia?-respondí más sorprendido que airado.
       
   Me miró severamente.
       
   -Me refiero a esto-dijo mostrando el documento que le entregara el teniente Willis. –Ahora mismo su sola presencia en esta ciudad podría crear conflictos entre quienes le creen culpable y quienes no.
       
   Hizo una pausa que rompí yo de improviso.
        
   -O entre católicos y protestantes.
       
   Asintió mientras paladeaba el excelente oporto.
       
   -Es una manera de verlo. La cuestión es que si esto está circulando tan profusamente como dicen los amigos de Webb es muy posible que unos y otros cierren filas y eso, aquí y ahora, sería un desastre.
       
   Era un temor justificado desde luego. Aunque lejos de Erin, y luchando contra Napoleón, los odios y rencillas habían viajado con quienes los experimentaban y aunque se vistiese casaca roja muchos dentro de ella eran furibundos rebeldes a quienes tanto daría luchar bajo las águilas francesas contra el Rey.
        
   -Y-añadió-no podemos prescindir de sus servicios aquí. No hasta que haya alguien lo bastante competente como para sustituirle.
        
   Suspiré antes de replicar.
        
   -Si lo dice por lo de mi misión con el Cuerpo de Guías creo que el capitán Pendlebury constituiría una magnífica alternativa.
        
   -¿Pendlebury? No, en absoluto. No habla español y nunca ha estado en combate. Además, tanto el embajador como mi humilde persona le preferimos a usted. Y le diré más, hasta el general Graham le prefiere a usted. No subestime sus talentos, teniente. De no ser por ellos a estas horas podría estar usted en un calabozo o de camino a una inmunda guarnición de las Antillas.
       
   Hizo una pausa antes de hacer sonar una campanilla. De inmediato se presentó un funcionario que respondía al nombre de Watkins.
       
   -Envíe recado al embajador y al general Graham. Solicito su presencia aquí tan pronto como sea posible.
        
   No bien hubo despachado a Watkins se dirigió a la puerta e hizo pasar a nuestros guardaespaldas.
        
   -¿A quién confía un católico sus pecados más terribles?
        
    Dudé un instante pensando que era una especie de acertijo.
        
   -A un sacerdote-respondí al fin.
        
   -¿Y quién conoce los secretos más recónditos de los hombres de una compañía?
        
    -Un sargento-repliqué raudo esta vez.
    
      Se volvió y me miró sonriente.
      
     -El 87 tiene capellán según creo. ¿Le conoce usted bien?
       
    Asentí pensando en el borrachín de Fennesy.
      
     -¿Y algún sargento de su confianza?
        
     Cerré los ojos mientras rememoraba cómo “Red” Redding me había salvado la vida en Talavera.
        
   -Reginald Redding, de la compañía ligera. Y el páter es Eustace Fennessy.
        
   -Creo que sería interesante su concurso en este asunto, ¿no cree, teniente? –dijo después de ordenar a Burton y Henderson que fueran a buscarles.
        
   -¿Pretende que le digan quiénes son rebeldes?-pregunté espoleado por la sorpresa.
       
   -Algo parecido, sí. Quienquiera que sea que ha organizado esto lo ha hecho a conciencia. No podemos dejar cabos sueltos.
   
     Iba a apostillar que nunca le sacaría nada a un sacerdote que hubiese recibido información bajo secreto de confesión pero me interrumpió agitando el documento que me acusaba.

        -Ahora debemos averiguar dónde se ha impreso este libelo. Con eso sabremos quién lo encargó.

        Hizo sonar la campanilla y Watkins se presentó con presteza.

        -Diga a la señorita Villegas que pase, por favor.

        Watkins se mostró impasible.

        -La señorita Villegas no se encuentra aquí, señor Arliss. Hace dos días que no se presenta, señor.

lunes, 29 de octubre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (III)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

    El burdel de La Chana estaba ubicado casi frente al Baluarte llamado de Los Negros, muy cerca de las Puertas de Mar y, por tanto, lugar de tránsito para los hombres del mar.

     Era una casa de dos plantas y su apariencia no desmerecía de la ocupación que allí se desempeñaba. El portal daba acceso a un gran patio descubierto y nuestra primera visión fue la de dos huríes, escasamente vestidas, que tendían la colada en un tendedero mientras canturreaban una cancioncilla impúdica.

     Casi al instante oímos voces de mujer procedentes de la galería de la planta superior y que nos reclamaban para gozar de todo el placer que nos podían dispensar.

     Traduje a Arliss lo que estaban diciendo y éste hizo una señal a Burton y a Henderson para que permaneciesen fuera. Acto seguido me indico que preguntase por la señora de la casa.

    -¿Qué desean, caballeros?-preguntó una voz desde la galería. Era una mujer de cabello oscuro y de piel bronceada que fumaba un cigarro habano.

     Le pregunté si era Sebastiana Carrasco y nos podía atender para un asunto de importancia.

    Las muchachas rieron pero una orden de la mujer del habano, que no podía ser otra que quien buscábamos, las hizo callar. Cuando hubo cesado el alboroto nos invitó a subir.

    Nos recibió en una pieza sobria, muy alejada del lujo de la casa de Doña Violante.

    -Ustedes dirán, señores-dijo exhalando el humo con languidez.

    Arliss fue directo al asunto preguntando por la tal Graziella. Traduje y la expresión de La Chana, hasta entonces jovial, se ensombreció.

   -Graziella Varese, menuda pájara-exclamó. –También yo la busco. Me dejó a deber ochenta reales.

  -¿Debemos entender que no trabaja aquí?-pregunté al dictado de Arliss.

 Negó con la cabeza.

-No pertenecía al plantel, si se refieren a eso. Trabajaba aquí de vez en cuando y me traía a clientes por lo que se llevaba algunas regalías.

-¿Cuándo dejó de venir por aquí?

Se rascó la barbilla pensativa.

-Hará un mes. Al parecer un militar inglés se había encaprichado de ella.

-Traduje a Arliss e incluí el hecho de que en Cádiz a todos los británicos nos llamasen ingleses.

-Ese militar-pregunté-¿Era un sujeto alto, calvo y mal encarado? ¿Un mayor?

-¿Malencarado? No, es decir, no me lo pareció. Apenas si lo vi una o dos veces pero no era calvo. Parecía jovencito, un poco mayor que usted-añadió señalándome con el cigarro.

Arliss bufó al oír las últimas palabras.

-¿Recuerda su nombre?- dijo mirando las volutas de humo.
Traduje pero la expresión de La Chana podía entenderse sin palabras.

-¿Sabe dónde vive?-añadí.

-Creo que por Los Mártires.

Deduje que se refería al Baluarte de Los Mártires, cerca de la Puerta de La Caleta. Así se lo indiqué Arliss quien, tras asentir, sacó una reluciente moneda de dos libras del chaleco y la depositó sobre la mesa. 

La mujer la tomó y la sopesó antes de abrir la boca.

-Muy honrada de hacer tratos con caballeros tan generosos. Si desean un rato de esparcimiento pueden disponer a su gusto.

Arliss suspiró antes de pronunciarse y de que yo tradujese.

-Este dinero es para saldar su deuda con Graziella Varese y para que mantenga cerrada la boca.
  
Salimos de la casa y nos encaminamos hacia la Aduana. Arliss estaba más callado que de costumbre y podía advertirse un rictus de preocupación.

-¿Qué está pensando?

Respondió sin mirarme siquiera.

-Que este asunto se está complicando cada vez más y aún tenemos esto.

Sostenía el prospecto que le entregaran los amigos de Arliss donde se me señalaba como asesino de aquél.

-Hemos de encontrar a esa mujer y averiguar dónde se han impreso estos libelos. Y también quién rayos es el sujeto de que hablaba la meretriz y que, evidentemente, no era Webb. Solamente así podremos tener control sobre las circunstancias futuras. De lo contrario…

-¿De lo contrario, qué?-pregunté.

No respondió y continuó caminando absorto en sus cavilaciones  

domingo, 14 de octubre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (II)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

    -¿Cómo está tan seguro de que no maté yo al mayor Webb?-pregunté al señor Arliss mientras caminábamos por la calle Nueva.

     Ni siquiera me miró mientras daba unos golpecitos en el empedrado con la contera del bastón. A nuestra espalda los escoltas, Burton y Henderson, marchaban solo a tres o cuatro pasos.

     -Es fácil-replicó.-Cualquiera de esas rameras vendería a su madre si supiera quién es, y si no también, por mucho menos de lo que cobró Judas. El que hayan corroborado su historia, independientemente de que el ama de la casa tenga predilección por usted, no me deja ninguna duda.

     No dije nada suponiendo que ya me bastaba con eso. Con lo que no contaba es con la recepción de que fui objeto en el café del León de Oro.

     Era precisamente allí donde se reunían algunos de los más allegados camaradas de Webb a quienes quería cuestionar Arliss. Mas, para mi mayor vergüenza y humillación, pude oír la palabra “Asesino” procedente de una de las mesas cuyos ocupantes se pusieron en pie nada más entrar en el establecimiento.

    Eran cuatro oficiales, a juzgar por los distintivos, y todos lucían en la solapa las cintas anaranjadas de Orange.

   Mi reacción fue dar un paso adelante y desafiar públicamente al autor de tamaña ofensa pero Arliss me detuvo al tiempo que, levantando el bastón, decía con su habitual parsimonia:

   -Caballeros, deberán hacernos sitio pues vamos a conversar un poco.

   -¿Conversar con un croppie asesino?-espetó uno de ellos, un sujeto de aspecto indolente al que recordaba haber visto en compañía de Webb en alguno de nuestros tropiezos.

   -Antes muerto que sentarme a la misma mesa que un papista-gritó otro.

    No había que estar versado en lenguas para darse cuenta de que una trifulca estaba a punto de desatarse. Las mesas circundantes empezaban a vaciarse, los mozos detuvieron su ajetreo para observar y el patrón de la casa se aprestaba a salir del mostrador.

   -Creo que no me han entendido, caballeros-repitió Arliss como si no hubiese oído nada de lo anterior. –Vamos a conversar como súbditos de Su Majestad Británica, no pretenderán que seamos objeto de chanza de los nativos.

   -¿Y usted quién diablos es?-inquirió un tercero. -¿Es que es amigo de rebeldes y asesinos?

    -Mi nombre no es relevante, caballeros, pero sí lo es que el general Graham y el embajador británico me hayan otorgado licencias extraordinarias. Y si alguno de ustedes no quedase convencido, estoy seguro de que los argumentos de nuestros acompañantes bastarán para disipar cualquier rastro de duda-añadió señalando la mole compuesta por Burton y Henderson a nuestra espalda.

   -¿Nos está amenazando, señor? Somos oficiales de Su Majestad y esos sargentos no pueden tocarnos.
Arliss se inclinó de modo que quedase cerca del sujeto que había lanzado la última bravata.

   -Veamos, caballero, ahora mismo esos dos sargentos pueden hasta matarle si así lo ordeno y lo único que les caerá por ello es un par de chelines para que bebérselos a su salud así que le aconsejo, y lo hago extensivo a todos, que atiendan a mi cuestionario.

   Bien fuera causado por las palabras de Arlisss, o bien por la amenazadora presencia de nuestra escolta, los cuatro hombres volvieron a sentarse y a tentar las tazas de café y las copas de aguardiente. Arliss y yo tomamos asiento mientras los sargentos se acomodaban en el mostrador sin quitarnos la vista de encima.

   -Bien, caballeros, por lo que sabemos ustedes eran amigos cercanos del fallecido mayor Webb, ¿no es así?

      Asintieron con gruñidos mientras Arliss se servía una copa. Sus miradas hoscas y su gesto ceñudo eran los mismos que mis paisanos católicos menos favorecidos habían de soportar en nuestra tierra.

   -¿Qué pueden decirme sobre una mujer llamada Gabriela, o Graciela?-inquirió Arliss a tocapenoles.

    Intercambiaron una mirada entre ellos pero mi acompañante no les dio cuartel.

   -Les advierto, caballeros, que si no me dicen todo lo que saben podré interpretar su actitud como de franca rebeldía y ya pueden imaginar qué puede reportarles eso.

   Volvieron a mirarse y, esta vez, la hosquedad dio paso a la sombría amenaza de un destino en las terribles islas de la Antillas o en algún perdido puesto en la costa africana. De súbito uno de ellos, un capitán apellidado Corrigan, empezó a hablar.

   -Se llama Graziella. Es una italiana que conoció en un burdel de aquí cerca, de El Boquete o como se diga.

  -Milanesa-apuntó Willis, un primer teniente y el menos lenguaraz del grupo hasta el momento.

   -¿Cómo se conoce el establecimiento?-quiso saber Arliss.

  -La casa de Sebastiana Carrasco, también la llaman “La Chana”  -respondió Corrigan.

  Arliss formuló unas cuantas preguntas más y dio por concluida la entrevista. 

  Al disponernos a abandonar el lugar añadió:

  -Doy por supuesto que estamos entre caballeros y, por tanto, que no divulgarán nada respecto a esta conversación y, desde luego, que se abstengan de señalar al teniente Talling como autor del nefando crimen.
Willis negó con la cabeza.

   -Si eso le inquieta, señor, es mejor que lo sepa por nosotros antes de que se lo reclamen a unos por otros.

   Y sacó un billete de la bocamanga de la casaca y lo entregó a Arliss que, tras examinarlo, me lo tendió a mí al tiempo que lanzaba una maldición por lo bajo.

   -¿De dónde ha salido esto?-preguntó.

   -Lo encontré en mi alojamiento-respondió Willis. Al parecer los hay a cientos.

   Los rutilantes tipos de imprenta permitían leer lo siguiente:
               

Súbditos del Rey:
Uno de nuestros oficiales ha sido asesinado por un traidor papista de los que pueblan nuestras filas simulando ser buenos patriotas.
Prevenid a vuestros compañeros, a vuestros superiores y subordinados y venguemos al heroico mayor Howard Webb.
Por  Dios , la Patria y el Rey recordad el nombre del traidor :
                                      Ian Talling 

domingo, 30 de septiembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (I)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

   Continúo recluido en la embajada británica a pesar de mis esfuerzos para que se me permita volver a mi casa.

    Y es que, a pesar de las órdenes del general Graham, parece ser que se ha extendido la especie de que el asesino del mayor Webb ha sido otro oficial aunque mi nombre, al menos, no haya salido a relucir. Así pues, y en orden a garantizar mi seguridad, el señor Arliss ha insistido en que permanezca en lugar seguro y, abundando en ello, me ha asignado a dos suboficiales de los Royal Marines llamados Burton y Henderson.

     La inactividad se me hace insufrible. Por más que tanto Arliss como el mismísimo embajador Wellesley hayan insistido en la necesidad de que debo permanecer a buen recaudo, en razón a las misiones que he desempeñado y habré de desempeñar en el futuro, y rechazan mi petición de ser enviado a alguna unidad de combate en la Isla de León, confieso que no estoy hecho para estar prisionero de cuatro paredes. Ni siquiera en el Portobelho lo pasé tan mal como estos últimos días aquí.

    Mas, al menos, he logrado que Arliss me permita acompañarle en las encuestas que se ha propuesto llevar a cabo entre quienes conocían a Webb, o le vieron el día de su muerte. A pesar de la negativa del embajador se ha impuesto el criterio de aquél en el sentido de que mi conocimiento del español, amén de la relación con el lugar donde Webb  encontrara la muerte, la casa de doña Violante, me convierten en el compañero idóneo en sus trabajos.

    Tras un corto paseo llegamos a la calle del Teniente y al lugar donde tantos placenteros momentos había disfrutado. Como era hora temprana no había actividad en la casa. Por el contrario nos cruzamos con algunas de las pupilas que salían de la iglesia de San Antonio. Se me hizo extraño verlas vestidas y con la cabeza cubierta de mantilla, la indumentaria apropiada para ir a la Casa de Dios por lo demás, y al menos a dos de ellas las había disfrutado despojadas de nada que no fuera su piel perfumada y suave como la seda.

       Y más desconcertante aún fue el comprobar que nada se había dejado al azar y que, si bien eran libres de salir de la casa, era cierto solo en apariencia pues los dos hombres que las seguían a corta distancia no tenían aspecto de españoles, y hubiese jurado que eran compañeros de mis dos custodios.

     Constituyó, asimismo, una prueba encontrarme frente a doña Violante.

     Su mirada y sus ademanes no parecían presagiar nada bueno hacia mí por cuanto, tal vez, pensara que era yo el responsable del crimen que había tenido lugar en su casa, y del perjuicio que ello pudiera ocasionarle. Pero la imponente presencia de Burton y Henderson tras de mí, junto a la actitud inquisitiva de Arliss, la hicieron creer que estaba preso y se acercó a mí y, tomándome las manos, me hizo mirarla.

      -Dígame que no ha sido usted, teniente-su voz sonaba implorante y, nuevamente, aquella sensación de extrañeza que me había asaltado al ver a las huríes saliendo de la iglesia se adueñó de mí pues nunca me había hablado de modo tan solemne.

      Sin dejar de mirarla le respondí, por mi honor, que no lo había hecho. Hubiese querido decirle algo más pero Arliss, siempre pragmático, nos interrumpió con apremio indicándome que se presentasen las pupilas.

     -¿Con quién estuvo el mayor Webb la noche del lamentable suceso?-preguntó una vez se reunió el plantel de la casa. Burton y Henderson, en un rincón de la pieza y en la mejor tradición del Servicio, se mostraban aparentemente imperturbables ante la belleza que se les mostraba.

     -Petra-dijo la señora tras oír mi traducción y una deliciosa criatura de rubios tirabuzones se adelantó y se situó frente a Arliss y yo.

      A las preguntas de Arliss fue respondiendo diligentemente: Webb la había tomado un par de ocasiones en otras tantas visitas; aquella noche estaba bastante borracho y, al poco tiempo, estaba durmiendo de modo que salió de la estancia dejándole allí; luego de alternar con otros dos caballeros se descubrió el cadáver.

      Era costumbre de la casa, explicó doña Violante, que si un caballero acusaba el esfuerzo se le dejaba dormir en la pieza que ocupaba y su acompañante, en este caso, pasado un determinado intervalo, se dedicaba a otros visitantes. Aclaró también que, en ese tipo de situaciones, los cuartos no se cerraban con llave interpretándose que una puerta cerrada era suficiente indicativo de privacidad.

       Luego le tocó el turno a Ernestina, mi acompañante de aquella noche, que confirmó lo que ya había dicho yo anteriormente: que fui su primer ocupante de la noche; que me marché de la casa una vez concluyó la ronda y que se enteró de la muerte de Webb bastante avanzada la velada.

    Fueron interrogadas algunas otras que habían sido ocupadas por el difunto. Yvette, una francesa emigrada, dijo algo que traduje de inmediato y los ojos de Arliss brillaron.

    -Tenía una mujer-dijo la muchacha.

    -¿Una mujer?-exclamó Arliss. -¿Cómo sabe eso?

   -Entiendo algo de su lengua, señoría-respondió la hurí. -Una vez le oí hablar con otros caballeros militares que le acompañaban. Al parecer mantenía a una amante aunque no entendí el nombre; sonaba como Gabriela, o tal vez Graciela.

Tras esta revelación final salimos de la casa.
        
     -¿Qué opina?-pregunté sin disimular mi impaciencia.
        
    -Pues que, dadas las circunstancias, no pudo usted matar al mayor Webb. Eso constituirá un alivio para el general Graham pero ahora nos ocupa algo más importante: Debemos hallar a esa supuesta amante y para eso tendremos que hablar con los amigos del muerto.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo II



Tres de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

   No bien he asumido las palabras del señor Arliss, en el sentido de que el desgraciado asunto que me retiene en la embajada británica no es sino una conjura destinada a comprometer la presencia de las tropas del Rey en España, cuando se ha presentado el embajador Wellesley con una misiva dirigida a mí.

    Intrigado, pues no reconocí la letra como de alguno de mis deudos, no pude evitar reparar en la sonrisa de mi ilustre anfitrión:

   -Puede que en estos momentos esto no signifique demasiado para usted pero creo que, al menos, le reconfortará.

     Reparé en el nombre del remitente. Me resultaba familiar aunque no lograba asociarlo a nadie conocido mas, después de leerla, no puedo menos que afirmar que el embajador estaba en lo cierto en cuanto a que, en efecto, mi espíritu ha cobrado vigor y se ha reafirmado mi confianza en que saldré con bien del aprieto en que me hallo. Por otra parte, debo añadir que me abruma el hecho de que persona tan distinguida se dirija a mí.

   Y para aseverar estas palabras, transcribo a continuación el contenido de la carta:
               
Sociedad para la Abolición del Tráfico de Esclavos

Al  Hon. Ian Talling, Segundo Teniente, Segundo Batallón, 87 Rgto.

Mi muy apreciado hermano.

  Permita su señoría que le llame hermano pues aunque no tengo el honor de conocerle en persona creo saber lo bastante de su persona como para tratarle de tal.

  El motivo de esta breve epístola no es otro que transmitirle a su señoría el agradecimiento y los buenos deseos que nuestros hermanos han expresado repetidamente a propósito de los hechos acaecidos en el barco negrero conocido como Portobelho, y la decisiva actuación que su señoría y sus compañeros de cautiverio para evitar que las desdichadas almas que transportaba aquella infame embarcación acabasen reducidas a la triste condición de ser una mera propiedad sometida al arbitrio, y la crueldad, de hombres sin fe que se lucran a costa de la desgracia de sus semejantes.

  Deseo, mi apreciado señor, que sepáis que desde que tuvimos noticias de su captura por parte de la Marina de los Estados Unidos nuestra Sociedad no ha dejado de rogar por su alma, y la de sus compañeros, y que nuestros hermanos de Norteamérica habían recaudado fondos para sostener su defensa ante los tribunales del Territorio de Louisiana.

  Afortunadamente la pronta actuación del cónsul español en Nueva Orleans, quien gentilmente se hizo cargo de los gastos, no hizo necesaria nuestra intervención aunque creo que le resultará grato saber que la cantidad que nuestros hermanos recaudasen, de un monto considerable por cierto, se ha invertido en la liberación de cuarenta y ocho cautivos del Portobelho quienes en estos momentos deben estar ya iniciando una nueva vida como hombres libres en Sierra Leona.

  No está en mi ánimo extenderme más de lo debido pues no habría papel ni tinta en el mundo en cantidad suficiente como para poner por escrito el profundo agradecimiento que mis hermanos, y quien esto escribe, debemos a vuestra señoría y a sus valerosos compañeros.

  Rogamos por que el Todopoderoso vele por su señoría en el cumplimiento de sus deberes para con Nuestro Soberano (Q.D.G.) y con la Patria y le libre de los peligros que ha de arrostrar en la lucha contra los enemigos de S.M. Es mi sincero deseo poder tener el honor de conocerle en persona e imponerle la medalla de oro de nuestra Sociedad, sufragada por suscripción popular, como una pobre muestra de nuestras reiteradas gracias por su noble proceder.

  Así pues, en tanto no se produzca el feliz encuentro al que antes me he referido, considérese su señoría como un hermano de quien esto escribe, y de las muchas nobles almas que cada día aportan sus esfuerzos para la erradicación de esa vil institución que es la esclavitud.
         Atenta y respetuosamente vuestro
Thomas Clarkson



domingo, 2 de septiembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo I



Tres de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

Apenas si he dormido algo en la estancia que se ha dispuesto para mí en la embajada británica.

Tras un día horrible en el que tuve que repetir hasta la extenuación que era inocente del asesinato del mayor Howard Webb, y merced a los buenos oficios del mayor Gough, el capitán Edwards y, cómo no, el señor Arliss, el general Graham ha decidido no enviarme al barco correo que me conduciría al presidio en Gibraltar.

Y ello no se debe a que esté convencido de que soy culpable, algo que pese a todo no me consta, sino porque la muerte de un oficial irlandés y protestante a manos de un camarada católico podría resultar fatal para las tropas que guarnecen Cádiz y La Isla.

-No hace falta ser el sabio Solón- dijo con socarronería el señor Arliss mientras despachaba el desayuno que apenas había probado yo, para saber que un hecho así podría despertar viejos odios y rencores que yacen en la memoria de muchos de quienes vivieron los terribles sucesos de la Gran Rebelión de 1798 y que ahora sirven bajo los colores del Rey.

No quise creerlo, al menos al principio, pero los hechos parecían confirmar las palabras del astuto espía:

-¿Qué podría esperarse del asesinato de un notorio orangista? ¿Que el asesino pretendiese pasar inadvertido? Esa es la opción más plausible, desde luego. Pero, en caso contrario, ¿qué haría para llamar la atención sobre su crimen?

-Pues precisamente lo que ha hecho. Dejar la prueba ostensible de que ha sido un crimen de raíz, llamémosla política, y ha dejado como sudario una bandera rebelde.

Le oía mientras clavaba mis ojos en la bandera con el arpa y el lema bordados en oro.

-Y parece que quienquiera que haya cometido el crimen sabía de su animosidad hacia el mayor Webb.

-Fue el quien me provocó en cuantas ocasiones nos tropezamos-repliqué.

-Oh, eso ya lo sé pero el resto de la Humanidad lo ignora-contestó a su vez haciendo un gesto con la mano. –Desde luego ha sido muy inteligente.

-Puede mandar a buscar al teniente George Quinn, de la segunda compañía-dije- -Él podrá atestiguar que fui hostilizado sin provocación.

Me miró mientras se atusaba las patillas.

-Podría, desde luego-contestó al fin. –Pero creo, y el general Graham y el embajador coinciden con mi parecer,  que lo mejor que podemos hacer es no divulgar demasiado todo este desgraciado asunto.

Hizo una pausa y luego clavó en mí sus ojos.

-¿Recuerda algo de la Gran Rebelión, teniente?

-No mucho-respondí.-Yo era solamente un niño y, gracias a Dios, en Tipperary no hubo demasiada lucha.

-Pues en otros lugares sí la hubo, y en exceso, por no hablar de la posterior e inevitable represión. Esta es una ciudad muy pequeña, ¿se imagina lo que pasaría si los irlandeses empezaran a matarse entre sí?

-Me hago una idea-respondí con desgana. –Las fuerzas británicas quedarían muy mermadas y se produciría una situación que…


-Que podría desembocar en la entrada del ejército francés- me interrumpió. –Y después de España los franceses se abalanzarían sobre sus colonias americanas y eso podría hacer que perdiésemos esta guerra.

Reflexioné sobre lo que decía y la perspectiva no era ni mucho menos halagüeña.

-¿Hay algo que yo pueda hacer?-dije. –A fin de cuentas parece que soy responsable, aún indirecto, de este estado de cosas.

-En realidad esto es como el juego del ajedrez-respondió con la mirada perdida en un rincón de la estancia. –Sí, eso es. Es una partida en la que usted juega el papel de peón, al menos para el asesino.

No entendía nada de lo que decía y debió adivinarlo porque a continuación fue más explícito.

-Creo que es evidente que ha sido usted elegido como chivo expiatorio por puro azar, o por una serie de circunstancias, pues es evidente que quien haya querido incriminarle desconoce su verdadera importancia.

-Es decir-agregó-que es evidente que no saben de su pertenencia al Cuerpo de Guías ni los servicios que está usted desempeñando con las guerrillas de la retaguardia francesa. 

-Y vamos a aprovechar esa ignorancia porque usted, mi querido teniente, en este juego tiene más valor que un rey.

sábado, 11 de agosto de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XVI





Dos de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

-Recuerde que ha dado su palabra de oficial y de caballero, teniente Talling.

Las palabras del general Graham resonaron en mi cabeza como disparos de cañón. Realmente me encontraba agotado y aturdido por la serie de circunstancias que me habían conducido a aquella estancia de la embajada británica y donde se congregaban en torno a mí el comandante en jefe británico y su segundo inmediato, el embajador de Su Majestad en España (o lo que quedaba de ella), mis jefes de batallón y de compañía y un meditabundo Diogenes Arliss que paseaba arriba y abajo mordisqueando uno de sus panecillos.

-No puedo más que reafirmarme en cuanto he dicho, señor-respondí cansado pero firme.

-¿Y por qué no se presentó inmediatamente con el mensaje que le pasaron los guerrilleros?-insistió el general.

Iba a responder pero Arliss se anticipó indicando que no tenía órdenes para ello hasta el día siguiente.

El general bufó exasperado.

-¿Y estando en posesión de una información como esa no se le ocurrió otra cosa que ir a una casa de rameras y matar al mayor Webb?

Otra vez la misma acusación. La que llevaba oyendo desde que ayer, antes de que amaneciera, un piquete de soldados del mayor preboste me sacara de mi lecho y me llevase a la embajada. Una acusación falsa, desde luego, pues aunque Webb fuese un indeseable no merecía morir de forma tan anodina.

-El teniente Talling es un oficial leal y ha dado sobradas muestras de valor y de iniciativa-terció el generalStewart quien, hasta entonces, apenas había abierto la boca.

-Pues estuvo a punto de desafiar al muerto, al difunto-corrigió. -Y al parecer no era la primera desavenencia que tenía con él-insistió el general Graham. –Y no es ocioso añadir que es católico.

Quise protestar pero esta vez fue el mayor Gough quien pidió la palabra.

-Con el debido respeto de vuestra señoría-dijo dirigiéndose al general Graham-buen número de nuestros soldados de Irlanda profesa esa religión mas ello no es óbice para que cumplan como buenos.

Pude ver cómo el general Stewart y el capitán Edwards asentían en silencio y, también, como el embajador Wellesley no dejaba de contemplar el objeto que estaba sobre la mesa junto a él.

-No crean que no se que hay muchos, muchísimos rebeldes, que eludieron la horca alistándose en regimientos como el 87 y el 88-añadió el general Graham irritado no tanto porque creyera que yo era culpable como porque no parecía tener apoyos entre la concurrencia.

-Con permiso de sus señorías-dije sobreponiéndome al agotamiento.-Mi padre defendió la causa del Rey durante la última rebelión y yo soy un oficial al servicio de ese mismo rey.

-¡Que Dios Guarde!-gritó Arliss más con sorna que con convicción para atemperar los ánimos.

El general Graham calló durante unos instantes, que me parecieron eternos.

-Está bien-dijo al fin. –Si todos ustedes, caballeros, están convencidos de la inocencia de este oficial no seré yo quien les contradiga pero hemos de hallar al culpable porque este asunto podría acabar en tragedia. Excuso añadir que es imperativa la mayor reserva.

Se acercó a la mesa junto al embajador y tomando con ambas manos el objeto que tanta atención le prestara aquél lo desplegó a la vista de todos.
Era un pedazo de tela rectangular, de un hermoso color verde esmeralda, en cuyo centro campeaba un arpa dorada bajo la que podía leerse un lema: ERIN GO BRAGH[1]




[1] IRLANDA POR SIEMPRE