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domingo, 2 de diciembre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (IV)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz
        
   Pensé que iríamos a Los Mártires en busca de Graziella Varese pero los planes de Arliss eran otros de modo que enfilamos directamente hacia La Aduana.
        
   Instalados en las estancias destinadas al embajador británico, con Burton y Henderson custodiando la puerta, Arliss sirvió sendas copas de oporto y atisbó por el telescopio hacia Matagorda, que continuaba soportando el cañoneo francés.
        
   Casi no me atreví a preguntar pero pudo más la incertidumbre. Sin apartar la mirada del visor del instrumento, Arliss respondió pausado como solía.
        
   -Creo que será mejor no exhibirle demasiado teniente.
        
   -¿A qué se refiere? ¿Ha dejado de creer en mi inocencia?-respondí más sorprendido que airado.
       
   Me miró severamente.
       
   -Me refiero a esto-dijo mostrando el documento que le entregara el teniente Willis. –Ahora mismo su sola presencia en esta ciudad podría crear conflictos entre quienes le creen culpable y quienes no.
       
   Hizo una pausa que rompí yo de improviso.
        
   -O entre católicos y protestantes.
       
   Asintió mientras paladeaba el excelente oporto.
       
   -Es una manera de verlo. La cuestión es que si esto está circulando tan profusamente como dicen los amigos de Webb es muy posible que unos y otros cierren filas y eso, aquí y ahora, sería un desastre.
       
   Era un temor justificado desde luego. Aunque lejos de Erin, y luchando contra Napoleón, los odios y rencillas habían viajado con quienes los experimentaban y aunque se vistiese casaca roja muchos dentro de ella eran furibundos rebeldes a quienes tanto daría luchar bajo las águilas francesas contra el Rey.
        
   -Y-añadió-no podemos prescindir de sus servicios aquí. No hasta que haya alguien lo bastante competente como para sustituirle.
        
   Suspiré antes de replicar.
        
   -Si lo dice por lo de mi misión con el Cuerpo de Guías creo que el capitán Pendlebury constituiría una magnífica alternativa.
        
   -¿Pendlebury? No, en absoluto. No habla español y nunca ha estado en combate. Además, tanto el embajador como mi humilde persona le preferimos a usted. Y le diré más, hasta el general Graham le prefiere a usted. No subestime sus talentos, teniente. De no ser por ellos a estas horas podría estar usted en un calabozo o de camino a una inmunda guarnición de las Antillas.
       
   Hizo una pausa antes de hacer sonar una campanilla. De inmediato se presentó un funcionario que respondía al nombre de Watkins.
       
   -Envíe recado al embajador y al general Graham. Solicito su presencia aquí tan pronto como sea posible.
        
   No bien hubo despachado a Watkins se dirigió a la puerta e hizo pasar a nuestros guardaespaldas.
        
   -¿A quién confía un católico sus pecados más terribles?
        
    Dudé un instante pensando que era una especie de acertijo.
        
   -A un sacerdote-respondí al fin.
        
   -¿Y quién conoce los secretos más recónditos de los hombres de una compañía?
        
    -Un sargento-repliqué raudo esta vez.
    
      Se volvió y me miró sonriente.
      
     -El 87 tiene capellán según creo. ¿Le conoce usted bien?
       
    Asentí pensando en el borrachín de Fennesy.
      
     -¿Y algún sargento de su confianza?
        
     Cerré los ojos mientras rememoraba cómo “Red” Redding me había salvado la vida en Talavera.
        
   -Reginald Redding, de la compañía ligera. Y el páter es Eustace Fennessy.
        
   -Creo que sería interesante su concurso en este asunto, ¿no cree, teniente? –dijo después de ordenar a Burton y Henderson que fueran a buscarles.
        
   -¿Pretende que le digan quiénes son rebeldes?-pregunté espoleado por la sorpresa.
       
   -Algo parecido, sí. Quienquiera que sea que ha organizado esto lo ha hecho a conciencia. No podemos dejar cabos sueltos.
   
     Iba a apostillar que nunca le sacaría nada a un sacerdote que hubiese recibido información bajo secreto de confesión pero me interrumpió agitando el documento que me acusaba.

        -Ahora debemos averiguar dónde se ha impreso este libelo. Con eso sabremos quién lo encargó.

        Hizo sonar la campanilla y Watkins se presentó con presteza.

        -Diga a la señorita Villegas que pase, por favor.

        Watkins se mostró impasible.

        -La señorita Villegas no se encuentra aquí, señor Arliss. Hace dos días que no se presenta, señor.

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