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lunes, 29 de octubre de 2012

LIBRO II "ERIN GO BRAGH". Capítulo III (III)



Cuatro de Abril de 1810 (Anno Domini). Cádiz

    El burdel de La Chana estaba ubicado casi frente al Baluarte llamado de Los Negros, muy cerca de las Puertas de Mar y, por tanto, lugar de tránsito para los hombres del mar.

     Era una casa de dos plantas y su apariencia no desmerecía de la ocupación que allí se desempeñaba. El portal daba acceso a un gran patio descubierto y nuestra primera visión fue la de dos huríes, escasamente vestidas, que tendían la colada en un tendedero mientras canturreaban una cancioncilla impúdica.

     Casi al instante oímos voces de mujer procedentes de la galería de la planta superior y que nos reclamaban para gozar de todo el placer que nos podían dispensar.

     Traduje a Arliss lo que estaban diciendo y éste hizo una señal a Burton y a Henderson para que permaneciesen fuera. Acto seguido me indico que preguntase por la señora de la casa.

    -¿Qué desean, caballeros?-preguntó una voz desde la galería. Era una mujer de cabello oscuro y de piel bronceada que fumaba un cigarro habano.

     Le pregunté si era Sebastiana Carrasco y nos podía atender para un asunto de importancia.

    Las muchachas rieron pero una orden de la mujer del habano, que no podía ser otra que quien buscábamos, las hizo callar. Cuando hubo cesado el alboroto nos invitó a subir.

    Nos recibió en una pieza sobria, muy alejada del lujo de la casa de Doña Violante.

    -Ustedes dirán, señores-dijo exhalando el humo con languidez.

    Arliss fue directo al asunto preguntando por la tal Graziella. Traduje y la expresión de La Chana, hasta entonces jovial, se ensombreció.

   -Graziella Varese, menuda pájara-exclamó. –También yo la busco. Me dejó a deber ochenta reales.

  -¿Debemos entender que no trabaja aquí?-pregunté al dictado de Arliss.

 Negó con la cabeza.

-No pertenecía al plantel, si se refieren a eso. Trabajaba aquí de vez en cuando y me traía a clientes por lo que se llevaba algunas regalías.

-¿Cuándo dejó de venir por aquí?

Se rascó la barbilla pensativa.

-Hará un mes. Al parecer un militar inglés se había encaprichado de ella.

-Traduje a Arliss e incluí el hecho de que en Cádiz a todos los británicos nos llamasen ingleses.

-Ese militar-pregunté-¿Era un sujeto alto, calvo y mal encarado? ¿Un mayor?

-¿Malencarado? No, es decir, no me lo pareció. Apenas si lo vi una o dos veces pero no era calvo. Parecía jovencito, un poco mayor que usted-añadió señalándome con el cigarro.

Arliss bufó al oír las últimas palabras.

-¿Recuerda su nombre?- dijo mirando las volutas de humo.
Traduje pero la expresión de La Chana podía entenderse sin palabras.

-¿Sabe dónde vive?-añadí.

-Creo que por Los Mártires.

Deduje que se refería al Baluarte de Los Mártires, cerca de la Puerta de La Caleta. Así se lo indiqué Arliss quien, tras asentir, sacó una reluciente moneda de dos libras del chaleco y la depositó sobre la mesa. 

La mujer la tomó y la sopesó antes de abrir la boca.

-Muy honrada de hacer tratos con caballeros tan generosos. Si desean un rato de esparcimiento pueden disponer a su gusto.

Arliss suspiró antes de pronunciarse y de que yo tradujese.

-Este dinero es para saldar su deuda con Graziella Varese y para que mantenga cerrada la boca.
  
Salimos de la casa y nos encaminamos hacia la Aduana. Arliss estaba más callado que de costumbre y podía advertirse un rictus de preocupación.

-¿Qué está pensando?

Respondió sin mirarme siquiera.

-Que este asunto se está complicando cada vez más y aún tenemos esto.

Sostenía el prospecto que le entregaran los amigos de Arliss donde se me señalaba como asesino de aquél.

-Hemos de encontrar a esa mujer y averiguar dónde se han impreso estos libelos. Y también quién rayos es el sujeto de que hablaba la meretriz y que, evidentemente, no era Webb. Solamente así podremos tener control sobre las circunstancias futuras. De lo contrario…

-¿De lo contrario, qué?-pregunté.

No respondió y continuó caminando absorto en sus cavilaciones  

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