Trece
de abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
El parlamento de García hizo enmudecer a los lugareños.
Eso y el hecho de que sus hombres, aún imbuidos del calor del reciente combate
y arrebatados por la muerte de uno de sus compañeros, no mostrasen un aspecto
pacífico.
Después de dar sepultura a Medinilla; aprestar los
carros franceses, que emplearíamos en nuestra retirada y, finalmente, hacer
volar el depósito con lo que quedaba en su interior, nos pusimos en marcha no
sin antes habernos asegurado de que la palabra Gibraltar se dejase oír con claridad para el caso, más que seguro,
de que se diera aviso a los franceses éstos se encaminasen al punto opuesto a
donde nos dirigíamos.
Aunque Pendlebury y yo discutimos sobre la conveniencia
de llevar consigo a rehenes de entre los voluntarios locales, pues de los
franceses no quedó vivo ninguno ni siquiera los carreteros, convinimos en que
era más prudente no hacerlo pues, ante la cercanía de tropa enemiga, podría
delatarnos.
Salimos, pues, del pueblo todo lo veloces que lo
permitían las bestias. Pendlebury y yo, con el guía que nos dejara Galván y que
era un sujeto al que llamaban Dionisio, nos desplazábamos a caballo mientras
que García y sus hombres se repartían en dos de los carros capturados.
El plan de huida pasaba por, después de abandonar
nuestras monturas, refugiarnos en la posada de Matías para, al amparo de la
noche, marchar hacia la costa en donde el Pigeon
debería aguardarnos.
Dionisio nos condujo hasta unos viñedos desde donde se
podía divisar la venta más allá de un bosquecillo. Una vez nos deshicimos de
los carros y los caballos, que soltamos y espantamos para que se alejasen lo
más posible, el guía se encaminó a un punto concreto y, tras hurgar en la
tierra, extrajo una argolla de la que tiró a continuación.

Aceptamos, no sin cierta aprensión pues a ninguno se
nos escapaba la certeza de que estábamos a merced de aquel hombre. ¿Y si
decidiera mudar de lealtades y vendernos a los franceses? Desde luego si así
fuere no nos íbamos a vender baratos, yo al menos no, y lo mismo imaginé de los
españoles. En cuanto a Pendlebury, en tanto que oficial y caballero pero en
absoluto combatiente, su comportamiento en la reciente refriega me hizo verle
de otra manera que como hasta entonces.
Y en aquél lugar pasamos el resto del día. Unas
tuberías de estufa, disimuladas entre las viñas, permitían que el aire no se
viciase por más que los efluvios de tantos hombres convirtiesen el lugar en
poco más que una porqueriza.

Amador Poveda, que tal era su nombre, parecía
consternado y el semblante de Galván no presagiaba nada halagüeño de modo que,
junto a Pendlebury y García, los llevamos todo lo aparte que pudimos en el
angosto escondite.
-Hay malas noticias-dijo secamente Galván. -Don Amador
les explicará...
-Los franceses han destacado una flotilla corsaria en
Conil....
Le miramos sin decir palabra mientras se esforzaba en
continuar.
-Una goleta, un par de balandras e incluso tres
faluchos de Tánger. Al parecer están decididos a pillar todo lo que puedan entre
Cádiz y Gibraltar.. Anoche avistaron a su barco...
-¿Al Pigeon?-exclamé.
Poveda asintió y Galván prosiguió.
-Parece que hubo un intercambio de fuego y los suyos
enfilaron hacia Cádiz. Dudo que vuelvan ahora que la costa está vigilada. Esta mañana
llegaron a Conil varios oficiales navales franceses a felicitar al hombre que manda
el escuadrón; es un perro afrancesado llamado Sueiras, Gonzalo Sueiras, que el
demonio se lo lleve...
Traduje a Pendlebury y advertí como su rostro se
demudaba.
-¿Hay manera de regresar a Cádiz?-pregunté.
Galván y Poveda se miraron, luego el primero fijó la
vista en García.
-Sí la hay, dijo el sargento. -Atravesando los caños
entre Chiclana y La Isla...