Trece
de Abril de 1810 (Anno Domini). En
algún lugar entre Casas Viejas y Conil.
-¿Tropa enemiga?-exclamé.
-¿Infantería o caballería?...¿Cuántos?
-Dragones, yo diría que media docena. Dan escolta a
unos carromatos-respondió Medinilla.
-Deben de ser suministros para el asedio-señaló García.
Traduje a Pendlebury que recién había dispuesto todo
para la voladura.
-¿Qué hacemos ahora? me preguntó ante la perspectiva.
-¡Que se marchen los carros con las armas!-dije a
Galván que empezaba a dar órdenes a sus hombres para la lucha.
El guerrillero me miró por unos instantes considerando,
tal vez, discutir mi orden pero obedeció y, rápidamente, los carros cargados de
mosquetes y barriletes de pólvora empezaron a trotar.
-Será mejor dejar que pasen, no nos conviene entablar
combate- dije en inglés de modo que Pendlebury y García lo entendiesen a la
vez.
-Pendlebury asintió y García ordenó a Medinilla que
regresara a su puesto y que no abrieran fuego si no se entablaba hostilidad.
Nos metimos en el barracón, pues, García, Bancalero,
Delgado, Pendlebury y yo junto a nuestros tres prisioneros; los tiradores
habían ocupado posiciones en el exterior y el plan, si se le podía llamar así,
pasaba porque el convoy enemigo continuase la marcha de modo que, pasado un
tiempo prudencial, pudiésemos volver sobre nuestros pasos una vez hubiésemos
destruido el depósito.
Por unos minutos que parecieron eternos aguardamos a
que los franceses cruzasen por dónde nos hallábamos. En previsión de que
quisieran indagar sobre por qué el centinela no se hallaba en su puesto García,
despojado de su casaca y adoptando las trazas de un paisano, se acomodó en el
puesto.

Con una lentitud exasperante la columna alcanzó nuestra
altura y, para nuestro alivio, comprobamos que seguían su camino. García,
inclusive, participaba de nuestro regocijo remedando un torpe intento de
parecer marcial y cuadrarse al paso de los jinetes, cosa que les produjo no
poca risa.
Mas, al poco, unos gritos en la cabecera llamaron
nuestra atención. Pendlebury enfocó con el alargavista y dijo, con preocupación,
que unos lugareños habían interrumpido la marcha. Y, con horror, constatamos
que varios de los jinetes de cabeza volvían grupas y cabalgaban hacia nosotros
junto a dos o tres paisanos mientras las órdenes de "Alto" recorrían
la línea.
Pude ver cómo García amartillaba su arma con disimulo y
rogué para que sus tiradores, apostados en la arboleda inmediata, no hiciesen
nada por su cuenta y riesgo. En el ínterin tanto yo como Pendlebury dispusimos
nuestras pistolas; Bancalero y Delgado, por su parte, encañonaban a los
prisioneros.
-Si abrís la boca moriréis, ¿comprendido?-les susurré aunque
por su expresión quedaba claro su entendimiento.
-¡Vaya! ¿Quién eres tú?-oímos en el exterior y tratamos
de ver qué ocurría.
-Javier García a vuestras órdenes, voluntario de Vejer
de la Frontera.
-¿De Vejer? ¿Cuándo te has alistado? ¿Dónde están
Antonio y Manuel?
Agarré a uno de nuestros cautivos y le susurré.
-Casimiro Peña-respondió. -Es el jefe de nuestra
compañía.
El tal Casimiro apremiaba a García quien,
evidentemente, no podía responder a sus preguntas.
-Vamos, responde, de dónde has salido y dónde están los
demás...
Pero mientras estábamos más pendientes de lo que se
hablaba Pendlebury me señaló al sargento francés que, desde lo alto de su
montura, no quitaba ojo a las piernas de García y echaba mano de su pistola de
arzón.
-¡Los malditos pantalones!-gritó Pendlebury abriendo
del todo el ventanuco y disparando sobre el francés.
-¡Fuego!-grité a mi vez con todas mis fuerzas
desencadenando un auténtico infierno...