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lunes, 20 de febrero de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo VIII (III).


Diecisiete de Marzo de 1810. (Anno Domini). Cádiz

Finalizado el desfile, los oficiales libres de servicio (que tal era mi caso) obtuvieron licencia para el resto del día.

Me uní a Tarín, a George Quinn (de la segunda compañía) y a Carlos Oleary, del regimiento español Irlanda, a quien acompañaba otro oficial llamado Santiago Jones, y marchamos a comer a un lugar llamado Mesón del Bizco Manolo, en la calle del Ángel, en el barrio que aquí llaman “de la Viña”. Como estaba al otro lado de la ciudad hubimos de recorrer las calles, pagados de nosotros mismos y levantando murmullos de admiración entre las damas.

La comida fue pródiga y la prolongamos durante varias horas. Los brindis se sucedieron y pronto empezamos a rememorar nuestras historias de guerra por más que pareciéramos niños jugando a abuelos pues, era obvio, éramos todos demasiado jóvenes como para parecer veteranos.

Con todo, hubo mucho que contar por todas las partes y, sin pretender arrogarme más importancia de la que merezco, mi relato de los hechos a bordo del Portobelho acapararon gran interés, trocado en más vino pues todos quisieron brindar por la memoria del valeroso guardiamarina Howard Partridge. 

Y otro tanto hubo de suceder con tantos otros camaradas caídos por la parte de los demás comensales, especialmente sentida por mí fue la noticia de que el teniente Patricio Jara, uno de mis amables anfitriones junto a Oleary, había muerto de pulmonía el pasado diciembre en la Isla de León. Una muerte sin gloria, como tantísimas otras en esta y en todas las guerras.


Era ya tarde y oscurecía cuando salimos del mesón. Nunca había bebido tanto, pero la abundancia de comida y la euforia que aún me dominaba a causa del desfile me mantenían lo bastante sereno. Oleary propuso entones acudir a un establecimiento por él conocido donde podíamos dar un glorioso final al día de nuestro santo patrón.

Nunca pude imaginar que la casa que se encontraba en la calle del Teniente iba a depararme sorpresas tan placenteras como las que me aguardaban. Resultó que el lugar era un burdel, aunque el nombre de Casa de Señoritas fuese acaso más adecuado pues el derroche de lujo y de belleza que allí se congregaba parecía no casar con el vulgar nombre de los locales de esa condición.

Para cuando entramos pudimos advertir una desmesurada concentración de oficiales españoles, británicos y portugueses luciendo uniformes y entorchados de la Armada y de regimientos varios de caballería, artillería e infantería. Un verdadero regalo si los franceses nos hubieran sorprendido allí, con los pantalones bajados pero, eso sí, rodeados de hermosas huríes.

Hermosas era, desde luego, un término caritativo pues en mi vida había contemplado rostros ni figuras tan perfectas como aquella noche. Parecía como si cada una de las pupilas que pasaban por entre los divanes o iban del brazo de tal o cual caballero hubiese escapado de un lienzo de Rafael o del martillo y el escoplo de Miguel Ángel. No me sorprendió, pues, encontrarme allí con el general Stewart quien, cortésmente, se retiró un momento del abrazo de la muchacha que tomaba por el talle para dedicarme una leve inclinación de cabeza. No hubo un instante para intercambiar nada más pues, receptivo a los requiebros de la bella, volvió a dedicarle sus atenciones.

No pasó mucho tiempo antes de que nos viéramos asediados por varias de aquellas hermosuras y pronto nuestro pequeño grupo se fue deshaciendo. Una beldad morena de tez y de cabello negro azabache se me acercó muy despacio, y ya sentía el turbador aliento de su boca en mis labios cuando, de repente, la muchacha dio un paso atrás y se alejó rápidamente.

Sin comprender muy bien lo que ocurría giré mis talones para encontrarme frente a frente con una mujer de aspecto distinguido que me miraba fijamente. Era rubia y movía lánguidamente un abanico de plumas de avestruz. Aunque era dama de cierta edad conservaba una digna belleza, realzada por un porte ciertamente elevado.

Me tendió una mano, que besé galantemente. Sonrió mientras me miraba y, seguidamente, me indicó que la siguiera a una pieza decorada con suntuosidad.

Nunca había estado con una mujer, a excepción de algún escarceo con alguna moza de Lismachugh, pero creo que me porté con la debida dignidad pues la dama, que resultó ser Doña Violante de Espinosa, dueña y regidora del local donde me hallaba, y que parecía haberse tomado un particular interés por mí, quedó complacida casi tanto como yo.

No creo que sea deshonesto escribir aquí lo que experimenté, toda vez que Doña Violante es mujer del oficio y  porque mi propina, aunque generosa, fue rechazada en aras a que era un “servicio patriótico” a nuestra gran aliada Inglaterra.

Ignoro qué es lo que vio en mí mas antes de que me diera cuenta su vestido había caído lánguidamente al suelo mientras era despojado de mi casaca y sentía la dulce calidez de su aliento en mi piel.

Sus jadeos pronto se confundieron con los míos y rodamos abrazados amándonos intensamente. Me sentía ávido de su carne y de sus caricias, que administraba con generosidad y con mano experta mientras mis manos se aferraban a su talle apretándola hacia mí con lujuriosa avaricia.

Exhausto, como si acabara de luchar yo solo contra el ejército francés, me abandoné a perderme en su rostro nacarado mientras sus dedos, largos y finos, se paseaban por las cicatrices de mis heridas.

-Bello hijo de Marte-me susurraba con dulzura acaso pensando que no la entendía mas, con algo de socarronería, le respondí con un “hermosa Venus” que la hizo caer entre mis brazos para volver a dar rienda suelta a nuestros deseos.

  Era tarde cuando salí del suntuoso cuarto de Doña Violante. Mientras terminaba de ajustar el sable en el tahalí acerté a preguntarle.
-¿Por qué yo?

Ella sonrió alabando el modo en que hablaba el español. Se levantó y me besó dulcemente al tiempo que me susurraba.

-Porque es mi privilegio y porque me has gustado, querido niño…

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