Veintisiete de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz
Un día intenso finaliza conforme escribo estas líneas.
Aún estaba rememorando mi reciente encuentro con el
guerrillero conocido como El Recio cuando
llegó un ordenanza con instrucciones de que me presentara ante Sir Henry.
No bien arribamos a la embajada cuando me tropecé con
Arliss y con Will Pendlebury quienes me instaron a acompañarles. Quise
preguntar a qué se debía tanta premura pero no hubo lugar a tal pues al punto
llegamos al salón de audiencias donde se encontraban el embajador, el general
Stewart y otro alto jefe que me fue presentado como el teniente general Thomas
Graham, nuevo comandante de la guarnición anglo- portuguesa de Cádiz.

Tan pronto tuve ocasión inquirí a Arliss sobre mi
presencia allí pues, a fin de cuentas, un simple teniente no merece la atención
del nuevo comandante en jefe.
-Es cierto-respondió Arliss divertido.
-Pero,
casualmente, este simple teniente pertenece al Cuerpo de Guías y, al parecer,
es el único contacto que tenemos con los guerrilleros españoles de esta parte
del país-apostilló señalándome con un panecillo a medio consumir.
Casi no quise preguntar, pero no pude evitar hacerlo,
sobre los planes que había respecto a los guerrilleros y mi modesta persona,
obviando el hecho de que dentro de cuatro días había de volver a encontrarme
con el Recio. mas Arliss, que
evidentemente adivinaba mi impaciencia, se anticipó.
-Muy pronto. Incluso es posible que haya de tratarse de
una operación compleja, lo que equivaldrá a una estancia prolongada en zona
enemiga.
Asentí en silencio sin atreverme siquiera a suspirar.
Casi en el acto, Sir Henry apareció ofreciéndome una copa de ese vino que aquí
llaman Fino.
-El general Graham está muy impresionado con su
historial, teniente-me dijo con evidente satisfacción.
Agradecí la lisonja e iba a responder que no veía tanto
motivo cuando la réplica me dejó sin palabras.
-Por cierto, me ha pedido que le ruegue asista a la
recepción que ofrecerá esta noche con motivo de la toma de mando. Será en el
edificio de la Aduana.
Vacié la copa de un solo trago pues, desde luego, nunca
hubiese imaginado nada semejante.
-Será un honor, Sir Henry-dije con toda la convicción
de que fui capaz pues no me seducía un aburrido evento rodeado de políticos y
chupatintas, por más que hubiese mujeres hermosas de por medio; no desde que mi
breve encuentro con aquél guerrillero en las playas de Chiclana.
Miré de soslayo a Arliss quien, tras dar cuenta de su
panecillo, me miró y se encogió de hombros.
-Resígnese, teniente-dijo.-A veces las batallas más decisivas
se ganan en torno a una mesa.