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domingo, 6 de mayo de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XIV (II)


Veintiocho de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz

 Pasé la tarde preparándome para estar todo lo digno y presentable que la ocasión requería.

No dudé, pues, en vestir mi mejor uniforme y no pude menos que alabar el buen trabajo de la Niña Batiste pues, tal y como me asegurara, no habría de quedar defraudado en absoluto.

En honor a la verdad debo decir que los únicos tenientes con que me     tropecé en el festejo eran los que estaban de guardia pues, y excepción hecha de algún que otro subalterno de la Armada, no había nada menor que  mayor deambulando por los amplios salones o trasegando ponche o vino español y deleitándose, al igual que yo, por la visión de hermosas damas.

Agradecí, pues, que el señor Arliss me llevara a un aparte pues creo que no me había encontrado más fuera de lugar en mi vida.

-¿Qué hago aquí?-pregunté dando por seguro que el embajador y que el general Graham se habían olvidado de mí.

-Estas cosas suelen ser tediosas e interminables-replicó encogiéndose de hombros. –Como verá hay altos oficiales británicos y también portugueses y españoles. Todos quieren dar sus parabienes al general y todos, por supuesto, desean ser los primeros en hacerlo.

-¿Y por qué, entonces, no me ha ordenado que me presente  él mañana, o pasado?  

-Imagino que esta ocasión es tan buena como cualquiera para ello. Y tal vez sea mejor ahora que mañana.

Resignado, decidí dar cuenta de algunas viandas y de un poco de vino confiando en que, al menos, la espera no se hiciese demasiado larga.

No bien hube dado un trago cuando, en uno de los corredores que partían del salón, vi a doña Eugenia Villegas. Normalmente me hubiese fijado en lo hermosa que estaba, pero llamó más mi atención el hecho de que se mostrase turbada y que el objeto de esa turbación fuese un sujeto malencarado al que, tras breve rememoración, identifiqué como al mayor Howard Webb.

Confieso que en aquél instante me olvidé de donde estaba y de cual era mi graduación. Solamente pensé en una dama, que no carecía de interés para mí debo añadir, y un individuo repugnante que era una deshonra para el uniforme que vestía.

Solté mi copa y enfilé por el corredor lo bastante rápido como para interponerme entre ambos. Doña Eugenia me asió firmemente del brazo izquierdo mientras se protegía tras de mí.

-¿Qué quieres?- Bramó Webb inseguro, dando muestras de que había ingerido más licor de la cuenta.

Me mantuve firme sin responder pero no hizo falta que lo hiciera pues pareció reconocerme al instante.

-¡Vaya! Pero si es el pequeño croppie[1] del otro día. ¿Cómo has hecho para entrar aquí?

No respondí y me volví hacia la dama.

-¿Se encuentra usted bien, señora?-inquirí en español

Un golpe en la espalda me hizo caer sobre ella y a punto estuvimos de rodar por el suelo. Webb me había empujado mientras le daba la espalda y sus gritos empezaron a hacerse oír.

-¡Papista asqueroso! ¡Rebelde! ¡Deberían ahorcaros a todos!
Sus bramidos iban acompañados de continuos ademanes señalando las cintas de color naranja que adornaban el ojal de su casaca. Por muy borracho que estuviera no podía consentir aquellos insultos, de modo que avancé hacia él mientras me iba desprendiendo del guante de mi mano derecha.

Me disponía ya a abofetear el rostro de aquél bruto, para a continuación notificarle que le enviaría a mis padrinos, cuando Arliss, acompañado del general  Stewart y de dos o tres altos oficiales, irrumpió en medio de la desagradable escena.



[1] Apelativo por el que se conocía a los rebeldes irlandeses.

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