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domingo, 10 de junio de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XV (II)



Treinta de Marzo de 1810 (Anno Domini). Isla de León

Tras preguntar a un sargento de los ligeros del 88, que ejercitaba a un pelotón en maniobras de escaramuceo, dónde podría encontrar al capitán Duncan Edwards me indicó que se encontraría en la finca llamada El Madrileño, pues los oficiales del Batallón Ligero provisional se alojaban allí y, dadas las horas, estarían disponiéndose para almorzar.

Reflexioné un instante sobre lo inoportuno de mi visita mas tampoco tenía ya remedio pues aquella misma tarde habría de estar en Gallineras para reunirme con el capitán Poole y, a bordo del Pigeon, volver a las costas enemigas a entrevistarme con El Recio.

Desde luego podría decirle que recibiría suministros británicos (así me lo habían confirmado el general Graham y el embajador Wellesley) aunque debería guardarme muy mucho de que sospechara que el mando español considera que él y sus hombres están a sus órdenes. Arliss me había asegurado que hombres como El Recio, medio contrabandistas y medio bandidos, honrados hasta donde podían serlo y cuasi reyes en sus dominios, no aceptarían otra autoridad que la suya propia.

Así, sumido de nuevo en mis pensamientos, no reparé en que el coche había penetrado en una amplia vereda flanqueada de viejos y fuertes  pinos que venía a desembocar a la entrada de una casona. Una algarabía procedente de la parte derecha me hizo reparar en un techado cubierto de cañas donde varios oficiales británicos daban cuenta de unos vasos de vino. Descendí, tratando de identificar a alguno, cuando casi me di de bruces con un paisano que salía.

Me disculpé, en español, pero la respuesta que obtuve fue en un más que correcto inglés.

-La juventud siempre tan impetuosa.

Confuso, volví a disculparme esta vez en inglés pues temía que el caballero, un hombre entrado en años pero cuyo porte y elevada estatura inspiraban respeto, fuese británico, y aún un alto oficial por más que no vistiese uniforme.

-A usted no le conozco, señor. Usted no pertenece al batallón del mayor Allan-dijo mientras me miraba escrutador.

-Segundo teniente Ian Talling, señor. Compañía Ligera, Segundo Batallón, 87 Regimiento Irlandés. ¿Con quien tengo el honor?-dije inclinando la cabeza.

El hombre respondió de igual forma y me miró unos instantes más antes de que su severa expresión mudase en una franca sonrisa.

-Por Dios, hijo. Ni que fuera yo don Blas de Lezo. Soy Martín Ruiz Carpio, dueño de la huerta El Madrileño.

Me tendió la mano, que estreché sorprendiéndome lo firme que resultaba en un hombre al que calculé, año poco más menos, la edad de mi padre.

En pocas palabras le expliqué que venía a visitar al capitán de mi compañía que, temporalmente, se encontraba destacado en el batallón del mayor Allan. 

Aún no hube acabado cuando oí pronunciar mi nombre a mis espaldas. Me giré a tiempo de encontrarme con el capitán Edwards, seguido de varios oficiales más entre los que se encontraba Roland Addams.

Confieso que el verle constituyó un desagradable contrapunto al reencuentro con mi capitán y a los saludos de sus acompañantes quienes, al parecer, conocían ya de mis aventuras en África.

-¿Este es el joven de que tanto me ha hablado, capitán?-cortó don Martín  evidenciando que mi fama, inmerecida a todas luces, se había propagado hasta aquí.

Aquello debió ser suficiente para Addams que, tras excusarse y dirigirme una fría mirada, se retiró al interior de la casona. En el ínterin, don Martín me obligó, virtualmente, a ser su invitado y compartir su mesa junto con mis compañeros oficiales que habitualmente lo hacían.

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