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domingo, 3 de junio de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XV (I)



Treinta de Marzo de 1810 (Anno Domini). Isla de León

Después de un día de guardia en el fuerte de Santa Elena con la única compañía de George Quinn, que no cesaba de alabar la suerte que a sus ojos poseo al ser miembro del Cuerpo de Guías, resolví aprovechar mi día franco y alquilé un coche para que me llevase a la Isla de León.

Durante el trayecto mis pensamientos estaban todos centrados en la próxima reunión que habría de mantener con El Recio y las, al parecer, fundadas pretensiones de don Diego de Alvear de controlarle a él y a los otros que, en su misma circunstancia, hallábanse desperdigados tras las líneas francesas. Parece, pues, que no hubiese una verdadera autoridad española digna de tal nombre aunque este extremo, al decir del señor Arliss, nos beneficia extraordinariamente.

Esta reflexión me hizo recordar al difunto capitán Messervy y al mensaje que le encomendara el general Wellington. Si los españoles llegasen a saber algún día lo que descubriera en el mensaje que tan celosamente custodió el difunto, es casi seguro que se empeñarían contra nosotros con el mismo ardor con que lo hacen contra los franceses. Por un momento un sombrío sentimiento se adueñó de mi ánimo en forma de la espantosa visión que ofrecerían decenas de cuerpos, vestidos aún con sus casacas rojas, destrozados por la muchedumbre enfurecida. Recordé algo que me había contado Arliss sobre el antiguo gobernador de la plaza, Solano, que fue ajusticiado por el populacho por, precisamente, anteponer la tradicional enemistad española hacia Gran Bretaña antes que hacia Francia.

La voz del cochero me devolvió a la realidad y, gracias a ello, pude percatarme de que me encontraba en mi destino:

Varias hileras de tiendas se extendían por entre las tierras de labor que bordeaban el saco de la bahía. Inclusive pude distinguir edificaciones de madera que, aquí y allá, descollaban entre las lonas. También, aunque a intervalos más irregulares, vetustas casonas que debían ser las viviendas de los propietarios de las tierras en donde se había instalado el Batallón Ligero del mayor Allan.

En el ínterin, el cochero iba indicándome los nombres de los lugares que atravesábamos siguiendo las instrucciones que le dictara. Una mezcolanza de nombres pintorescos e inconexos pero que, por la fuerza de las circunstancias, han de volverse asiduos y, aún, familiares.

-Por allá está Punta Cantera, míster-decía el cochero señalando con el látigo

-Eso es la huerta de “El Madrileño

-Allá lejos están las “Fadricas” y allí, al fondo del todo, está “La Carraca

-A ese lado está el cementerio

-Aquello es “Cañorrera “(sic)§


§ He reproducido esta palabra tal y como la pronuncian los nativos. El nombre exacto es Caño Herrera

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