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domingo, 26 de mayo de 2013

LIBRO II "ERIN GO BRACH". Capítulo VII (I)


Diez de Abril de 1810 (Anno Domini). En algún lugar en ruta hacia Casas Viejas.

Empezaba a clarear cuando El Recio nos indicó que nos estábamos aproximando al siguiente refugio.

Estábamos agotados después de marchar toda la noche por caminos llenos de barro y calados hasta los huesos por la humedad y el frío. 

En honor a la verdad hemos cubierto unas seis o siete millas, según los cálculos de Pendlebury y, además, hemos tenido la inmensa fortuna de poder recorrer la totalidad de esa distancia por caminos regulares. Ciertamente no nos hemos cruzado con ninguna patrulla, ni con nadie en realidad, de modo que hemos podido marchar sin tener que internarnos en los campos y arboledas lo que nos hubiese retrasado habida cuenta de las recientes lluvias.

Una nota de aprensión se apoderó de mí, y creo que de todos, cuando advertimos que nuestro refugio iba a ser una posada situada más allá de la bifurcación que lleva a una villa llamada Vejer. Realmente no parecía ser el mejor lugar para reponernos tras una agotadora marcha nocturna mas El Recio, casi adivinando mis pensamientos, me tranquilizó diciéndome que no habría ningún problema y que nadie nos vería.

No muy convencido llegamos a la puerta del establecimiento. García y sus hombres habían aprestado los mosquetes, igualmente temerosos de caer en una celada.  El posadero, que sin duda nos aguardaba, nos hizo pasar y tras atravesar el amplio comedor, desembocamos a un patio. Farol en mano se dirigió a un pozo que había bajo unas escalinatas indicándonos que le siguiéramos. Así lo hicimos y, para mi sorpresa y creo que para la de todos, nos señaló el borde del mismo.

Fue Galván quien, sentándose a horcajadas, empezó a descender por una escala que no habíamos visto. Me asomé a tiempo de ver cómo desaparecía por una oquedad practicada en una de las paredes del abismo. Así, en pocos minutos, todo el pelotón se deslizó por la oscura boca y accedió por la oquedad que ocultaba una gruta lo bastante espaciosa como para que pudiéramos acomodarnos todos.

Aún embargado por la sorpresa, Galván me explicó que aquello era un escondite empleado por los contrabandistas que operaban en la costa cercana. Él mismo lo había empleado varias veces y allí pasaríamos el resto del día antes de volver a ponernos en camino al caer la noche. A mi pregunta acerca de que podríamos haber sido vistos por algún huésped replicó que el posadero era un patriota (aunque me inclino a pensar que sea su socio en sus negocios de contrabando) y que quienes la ocupan son gente de confianza. Tanto que, al parecer, es este el lugar elegido para celebrar la reunión con los jefes guerrilleros.

Hice ver a Pendlebury que los españoles parecían haber dispuesto todo con antelación, pues ambos suponíamos que la reunión tendría lugar más cerca de Casas Viejas. Mas él, como oficial al mando, se limitó a indicar que nuestra misión se ceñía a  despachar las cartas y capturar el depósito, siendo los detalles de este tipo intrascendentes.

Por otra parte la gruta que habría de ser nuestro cobijo, pese a las reticencias de los hombres de García, estaba bien surtida de vituallas y bastante bien ventilada, prueba de que debía ser más grande de lo que parecía.

Agotados nos dispusimos a descansar después de que se dispusiesen los turnos de guardia. No pude resistirme a preguntar a Galván si la gruta contaba con alguna otra salida. Ante mi insistencia respondió que, en efecto, la había y al cuestionarle si era preciso destacar guardias en aquella me respondió que no había de preocuparme y que a su tiempo me revelaría donde se encontraba.

Traté de dormir y lo logré, mal que bien, algunas horas. Desde la boca del pozo podían oírse las voces de los viajeros que hacían alto o de los comerciantes que ofrecían allí sus mercaderías. Agucé el oído tratando de captar voces francesas pero no pude distinguir ninguna, si es que las había.
En esos momentos se incorporó a la guardia el infante Valverde, a quien sus camaradas llamaban El Bachiller. Sabía que era una distinción reservada a personas de cierta formación por lo que mi curiosidad se impuso a la costumbre de no dirigirse a la tropa e inquirí acerca de las circunstancias que le habían conducido a la presente situación. Con voz queda me narró la siguiente historia:

-Yo estaba en Madrid el Dos de Mayo. Mis compañeros y yo, al oír que los patriotas se habían levantado contra los ocupantes, acudimos a la Puerta del Sol a ayudar en lo que pudiéramos. Éramos cinco y estábamos embriagados de fervor patriótico. Se decía que los franceses se iban a llevar al infante Don Francisco de Paula y que iban a dar el trono de España a Murat.

No teníamos armas, en realidad tampoco las sabíamos manejar, pero había gente por todas partes que portaban desde pistolas hasta horcas y navajas. Se oían disparos y el griterío era indescriptible.

De pronto alguien mandó callar y poco a poco todo quedó en silencio. Un estruendo que procedía de la Puerta de Alcalá se hacía oír cada vez más. Parecía como el retumbar de los truenos pero era diferente... El firme de la calzada vibraba por momentos, como si la tierra fuera a abrirse. Entonces una voz gritó:

 ¡Vienen los mamelucos!

Los vimos  aparecer cuando empezaban a picar espuelas. Tal y como los caballos empezaron a ganar velocidad desenvainaron los alfanjes y empezaron la matanza.

Fue un horror. Cargaban contra cualquiera, ya fuera hombre o mujer, o niño incluso, llevara o no armas.

Todos corrimos aunque no había forma de librarse de aquellos demonios. Daban mandobles a derecha y a izquierda y los caballos pisoteaban los cuerpos de los desgraciados que caían bajo sus terribles tajos.

Pronto me separé de mis compañeros y solamente pude ver cómo uno de ellos caía con la cabeza abierta, a los demás no los volví a ver. Eché a correr presa del pánico cuando advertí que uno de aquellos diablos picaba espuelas y se lanzaba tras de mí.

Y corrí, corrí como nunca antes lo había hecho. No recuerdo por cuánto tiempo mas el caso es que me detuve y me oculté en un portal mientras el repiqueteo de los cascos del caballo contra los adoquines me martilleaba las sienes.

Por un instante no ocurrió nada. Oí como el caballo relinchaba y el golpeteo de los cascos contra el firme pero, de improviso, oí un grito:


¡En ese portal!

Le vi atravesar el portal con el alfanje en la mano. Eché a correr escaleras arriba y no me abrí la cabeza de milagro con los tiestos que colgaban de la pared. Estaba muerto de miedo y casi sin fuerzas y tropecé. Tuve el tiempo justo para volverme y ver cómo levantaba el arma. Entonces le lancé una patada que le hizo perder el equilibrio.

Y sin saber de dónde saqué las fuerzas y el ánimo agarré uno de los tiestos y lo estampé contra su cabeza en el momento en que se incorporaba. Solamente recuerdo cómo la sangre empezaba a mancharle el rostro y caía hacia escaleras abajo...

Ya no tenía remedio. Había matado a un soldado enemigo y la delación de que había sido objeto no me dejaba otra alternativa que escapar. Le quité la pistola y un puñal moruno que portaba y eché a correr de nuevo. Traté de buscar refugio pero cuando decía que había matado a un mameluco todo el mundo me cerraba las puertas. Al final, tras burlar a los franceses no sé cuantas veces, logré salir de Madrid y pude unirme a otros que, como yo, huían de las represalias.

Y aquí estoy...- concluyó Valverde como si lo que hubiese narrado no fuera sino el producto de una aventura de días escolares.

Me disponía a retirarme cuando, por pura indiscreción, le pregunté acerca de lo que estudiaba.


-Teología- replicó con indiferencia.

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