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sábado, 21 de enero de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo VII


Dieciséis de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz
               
[Lo que sigue es copia fiel del original]

Querido Padre:

Ante todo le ruego me excuse por mi tardanza pero, como bien sabe, el servicio es exigente y el tiempo, a veces, es escaso.

Deseo tranquilizarle a vd y a mi madre pues imagino que hayan podido llegarles noticias de mi desaparición en el mar cuando me dirigía a Cádiz el agosto pasado.

Afortunadamente puedo decir que he salido con bien de una amarga experiencia que me ha llevado, a bordo de un barco negrero, a los puestos de caza de esclavos del África Occidental, a un terrible combate contra esclavistas competidores y, finalmente y tras una refriega con una barco de guerra norteamericano, a un tribunal de Nueva Orleans que, gracias al Cielo, me ha exonerado de los cargos de piratería y trata ilegal de esclavos que pesaban sobre mí.

Vuelto ahora a Europa me hallo en Cádiz, cuya situación supongo que conoce por la prensa, mas felizmente reintegrado a mi batallón el cual, por gracia de la Providencia, se halla aquí de guarnición.

Me hallo bien de salud y deseoso de probarme de nuevo en combate pues debo señalar que solamente he tenido el honor de participar en una campaña, la de Talavera del pasado Julio, de la que presumo habrá tenido conocimiento por las gacetas.

Deseo de todo corazón que al recibo de ésta se halle sano y que, igualmente, mi madre se encuentre bien y no haya sufrido en demasía por mis cuitas. Igualmente confío en que Angus y Patrick, se hallen donde quiera Dios que sea, estén salvos de todo peligro.

Prometo que me aplicaré en ser más prolijo con mis cartas, mas puedo decirle con completa honradez que mi comportamiento en la batalla no ha desmerecido un ápice al apellido que tengo el honor de llevar y que me he conducido con rectitud y, a decir de mis superiores y subordinados, con valor aunque no derrochándolo de forma irresponsable pues conservo bien fresco su consejo de que la mayor gracia de ser valiente es no serlo en demasía, para poder vivir para combatir un día más.

Reciba el testimonio de mi eterna devoción y respeto y diga a mi madre que llevo su recuerdo como el más preciado tesoro que pueda poseer hombre alguno.

                                                       Suyo respetuoso
                                       Ian Talling, Segundo Teniente, II/87 

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