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lunes, 2 de enero de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". CAPÍTULO V



Quince de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz

Esta mañana, no bien hube desayunado y salido en dirección al taller de Niña Batiste, me encontré a Diogenes Arliss frente a frente.

Creo que no pude disimular la inquietud que me produjo su presencia, que él sin duda advirtió aunque pareció no darle importancia. Me rogó que le permitiera acompañarme, imagino que para poder hablar pues no anduvimos unos pocos pasos cuando me dijo que debía presentarme esa misma tarde ante el embajador.

Quise saber de qué se trataba mas no obtuve ninguna respuesta excepto la precisión de que se me esperaba a las tres de la tarde. Cuando traté de preguntar qué quería de mí Sir Henry el señor Arliss desapareció confundido entre la masa de gente que, como ayer y los días anteriores, llenaba la calle.

Pasé casi toda la mañana en el taller, con un breve lapso para comer en el colmado de la calle Palma, mas debo decir que el trabajo está muy adelantado y presumo que mañana mismo estará listo mi nuevo uniforme.
Contento ante la perspectiva de vestir de nuevo la casaca roja, y deseando verdaderamente volver a entrar en acción, me dirigí al edificio de la Aduana para mi cita con Sir Henry.

Conforme caminaba podía oír cada vez más cercanos los cañonazos con que, supuse, los franceses castigaban el fuerte de Matagorda. Me ha impresionado sobremanera que la actitud de la mayoría de la gente con que me cruzo o con la que me veo obligado a tratar sea de despreocupación, a pesar de que están en una plaza cercada por el ejército que se ha enseñoreado de Europa.
 Ignoro si se ha de deber a desconocimiento sobre las cosas de la guerra o si, por el contrario, ha de achacarse a un extraño y generalizado sentimiento de inmunidad frente a cualquier peligro. Casi, tal vez, como si las gentes de esta tierra se tuviesen como el pueblo elegido de Dios sobre el que ningún mal habrá de recaer.

Absorto, pues, en mis cavilaciones llegué casi sin advertirlo a la Aduana. Conducido a las dependencias de Sir Henry encontré que me aguardaba junto al señor Arliss  y un general al que no conocía y que me presentaron como William Stewart, el célebre fundador del Cuerpo de Fusileros y comandante de la guarnición británica.

Dadas las circunstancias no pude menos que anticiparme disculpándome por no vestir uniforme pero Sir Henry zanjó la cuestión recordando a todos los presentes mis circunstancias. A continuación prosiguió diciendo que muy pronto serían requeridos mis servicios como miembro del Cuerpo de Guías.
Recordé la reciente conversación mantenida con el señor Arliss y me sentí invadido por la inquietud, pues ya me veía enterrando oro español antes que combatiendo contra los franceses.

Habló entonces el general Stewart quien, enterado de mi aventura con los negreros y sabedor de quién es mi padre, y lo hizo en términos muy elogiosos sobre mí, augurándome una brillante carrera similar a la de mi progenitor.
No hube acabado de agradecer las palabras del general cuando éste prosiguió recordándome que continuaba en el rol de la compañía ligera del II/87, independientemente de las misiones que hubiera de desempeñar por cuenta del Cuerpo de Guías, y que llegado el momento de entrar en combate no había de albergar ninguna duda sobre cual sería mi lugar en el mismo.
Salí del edificio de la Aduana embargado por una extraña e indescriptible sensación mas el frío, un frío húmedo que cala los huesos, me devolvió al presente y a la convicción tan simple y llana de que un soldado está obligado a obedecer las órdenes que recibe, sean cuales fueren.

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