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domingo, 4 de marzo de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo X


Veintitrés de Marzo de 1810 (Anno Domini).Cádiz

No puedo decir que la clase de vida que estoy llevando desde que llegué a esta ciudad sea desagradable, al menos si mi único afán consiste en insulsas guardias en unos barracones alejados de la línea de combate o en gozar de los placeres que proporcionan Doña Violante y sus pupilas.

Pero me corroe la inactividad. Cuando elegí ser soldado no pensaba en nada como esto sino en la excitación producida por el peligro: los franceses sorprendiéndonos cruzando el Alberche en la primera jornada de Talavera o, como sustitutivo, los negreros de Van Deventer abordando el Portobelho en un rincón perdido de África.

Y, para mi desconsuelo, desde que he regresado a la Península la única acción en que he tomado parte ha sido con mujeres de vida libertina que, si bien me proporcionan momentos realmente agradables, no han de ser la razón de vivir de un soldado.

Cierto es que podrían decir que soy hombre afortunado por verme en esta situación, bien dotado de recursos económicos en una ciudad donde el dinero todo lo puede comprar, mas soy soldado por vocación y no por obligación de modo que deploro la vida en exceso holgada.

Esta misma mañana decidí acercarme a nuestras dependencias en el edificio de la Aduana con la esperanza de encontrar allí al señor Arliss y pedirle se me asignase alguna misión. No le vi pero, para mi sorpresa, me encontré con una dama que me informó de que se hallaba en la Isla (de León) y que no volvería hasta mañana.

Hubiese querido saber más de aquella mujer, sobriamente vestida de azul oscuro y con unos anteojos que cabalgaban sobre una bien formada nariz. Llamaban la atención sus cabellos dorados, que le caían formando bucles sobre los hombros, y sus ojos parecían sonreír de manera tan franca como lo hacían sus labios. Tal vez mi afición por el bello sexo, bien surtida estos últimos días, me predisponga especialmente hacia las mujeres hermosas mas había algo realmente atrayente en ella.

Me retiré, pues, prefiriendo averiguar más por cuenta de Arliss pues resultaba evidente que trabajaba para nosotros habida cuenta de su presencia allí.
Frustrado por no haber encontrado a quien buscaba, pero gratamente sorprendido por la dama, me dirigía a la taberna del Archibebe donde me esperaba el teniente George Quinn, de la segunda compañía.

La taberna, que se halla en la calle Goleta,  muy próxima a nuestros acuartelamientos, debe su nombre a un tipo de ave marina común en esta parte del mundo. Se parece a cualquier taberna que hubiera visto en Tipperary, en Lisboa, en Nueva Orleans o La Habana, con su habitual parroquia engrosada ahora por hombres de casaca roja que enjugan su sed en el vino local, suave al entrar pero demoledor al postrer, que causa estragos entre habituales consumidores de ron y cerveza.

Es muy posible que a la presencia de ánimo de Quinn deba ahora los galones que luzco o, incluso, mi propia vida pues mientras despachábamos una jarra de vino y fantaseábamos con nuestro porvenir (gracias al alcohol nos veíamos ambos de generales) unas voces destempladas llamaron nuestra atención y la de toda la concurrencia.

Un grupo de oficiales británicos lanzaba vítores y jaleaba a uno de ellos que, completamente ebrio, despotricaba contra los papistas irlandeses, todos ellos traidores y aliados de los enemigos del Rey.

Me puse en pie, envalentonado tal vez por el vino trasegado pero decidido a defender mi honor y el de los míos.

La escena subsiguiente, bastante desagradable, a punto estuvo de acabar conmigo y con el fanfarrón citados para dirimir la disputa delante de padrinos mas, por el bien de todos, la pronta actuación de Quinn puso fin al incidente con una disculpa por parte de los amigos del provocador borracho.

Al parecer el sujeto se llamaba Howard Webb, era mayor de un regimiento de la Milicia de Belfast y está en Cádiz en calidad de intendente. Un “soldado de domingo”, como llamamos con desdén a los de la Milicia, y un furibundo orangista tal y como delataban las cintas de color naranja que adornaban el ojal de su casaca.



Pasada la excitación, y escribiendo estas líneas al calor de la lumbre, no cabe sino reconocer cuan arduo es el camino de un soldado irlandés defensor de la Fe Verdadera en un ejército protestante. Y, aunque Quinn también lo es por más fiel compañero que sea, nada parece desmentir que, a ciertos ojos, todos seamos émulos de Wolfe Tone.

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