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domingo, 11 de marzo de 2012

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA". Capítulo XI

 Veinticuatro de Marzo de 1810. (Anno Domini). Cádiz

Al fin ha habido novedades dignas de ser consignadas y un atisbo de que los días de inactividad parecen haber llegado a su fin.

Esta mañana, mientras desayunaba en la confitería de Cosi me sorprendió, sentándose a mi lado, el señor Arliss. Me refirió, mientras daba cuenta del chocolate y los pasteles a los que le convidé, que debería acompañarle a la Isla de León para ultimar los detalles de una misión en la que habría de participar.

Gratamente sorprendido, además de emocionado, quise saber si la tarea que se me encomendaba habría de realizarla en mi calidad de oficial de la compañía ligera del II/87 o como miembro del Cuerpo de Guías. Su respuesta de que, “llegado el momento lo sabría” no hizo sino aumentar mi excitación.

Después de la pitanza nos dirigimos a la Aduana, donde me proveerían del pase necesario para salir y entrar en Cádiz; para atravesar el paso de la Cortadura, a medio camino de la Isla de León, y para entrar y salir de aquella. Mientras tramitaban el documento quise saber acerca de la mujer que tanta impresión me causara ayer.

Al parecer la dama se llama Eugenia Villegas de Castro, es española y trabaja para nosotros, tal como había colegido acertadamente, como intérprete. No fue el señor Arliss mucho más prolijo en detalles pero el ponerle nombre a aquél objeto de mis deseos la hizo aún más interesante y me propuse saber más de ella, aunque fuese por sus propios labios.

Puesto que partiríamos a primera hora de la tarde, resolví almorzar temprano en la taberna de Rueda, el montañés, para disponer de algún tiempo antes de encontrarme con Arliss en la Plaza de San Juan de Dios, donde tomaremos el carruaje que nos habrá de llevar a la Isla. 









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