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sábado, 10 de diciembre de 2011

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA".CAPÍTULO IV (I)



Catorce de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz

Hoy ha sido un día pleno de emociones.

Esta mañana, temprano, el teniente Amherst nos ha conducido al edificio de la Aduana, residencia de la Junta Suprema, parte del cual ha sido destinado para el uso del embajador británico y de nuestras fuerzas militares.

El embajador no había regresado aún de la Isla de León de modo que fuimos recibidos en primer lugar por el ayudante del comandante británico del puerto, vicealmirante Purvis, el capitán Victor Borrower.

Después de oír el relato de nuestras andanzas quedó muy impresionado, sobre todo si se tiene en cuenta que se había dado por perdida a la goleta Succes con toda la tripulación. Asimismo le resultó sorprendente que el único marinero superviviente fuese un español (Sánchez) reclutado a la fuerza y veterano de Trafalgar. Leyó con avidez el libro de bitácora de la Succes, especialmente las paginas debidas al difunto guardiamarina Partridge y no pudo menos que alabar su heroísmo al sacrificarse para que la fragata yanqui pudiese abordar al Portobelho.
Transcurridas varias horas en las que el capitán nos hiciera una serie de preguntas sobre todo lo acontecido me ordenó, como único oficial superviviente, que le acompañara. Me despedí de mis compañeros solamente con la promesa de aquella noche cenaríamos juntos en casa de doña Josefina. Saqué del bolsillo mi último real (de a ocho), pues aún no había recibido mis pagas atrasadas, y mis cartas de crédito habían quedado en custodia del intendente del batallón antes de mi partida a Lisboa, y aquél dinero era el último de lo prestado por don Diego Morphy en Nueva Orleans, y se lo entregué a Johnson con el encargo de que nuestra casera nos procurase una pitanza digna de reyes.
Debo decir que el capitán Borrower se ha mostrado correcto en grado sumo aunque me he percatado de su expresión de disgusto al saberme irlandés. Son muchos los que nos ven a todos nosotros como a traidores y, y de esto estoy seguro, de no encontrarse por medio mis compañeros de aventura tal vez hubiese sido recibido de otra manera y a estas horas podría estar en un calabozo acusado de deserción, piratería, traición y Dios sabe cuantas cosas más.
Tras deambular por el interior del edificio llegamos a una pieza lujosamente decorada que resultó ser el despacho del embajador. Dos amplios ventanales daban al saco de la bahía y en ellos se habían instalado potentes telescopios. Aún no había llegado su titular mas, de una puerta que daba a una estancia aneja, surgió una figura singular.

Era un civil, y por su aspecto se adivinaba un burócrata dados los papeles que sobresalían de los bolsillos de su levita. Lucía una abundante cabellera que le caía suelta sobre los hombros y su poblada barba le confería el aspecto de un ermitaño. Unos anteojos cabalgaban sobre su nariz y contribuían a enmascarar aún más, si cabe, sus facciones.
Borrower le presentó como Diogenes Arliss, funcionario adscrito al servicio diplomático. Apenas hube acabado de inclinar la cabeza ante el peculiar personaje cuando hizo su aparición el embajador Wellesley.
No supe que era él hasta que el capitán Borrower se dirigió hacia su persona como excelencia mas me alarmó que le llamara Sir Henry pues tenía entendido que su nombre era Richard. Sin duda el embajador advirtió mi embarazo pues comentó, con ademán divertido, que todo quedaba en familia pues su hermano Sir Richard Wellesley, embajador británico hasta hacía pocos días, había sido llamado a ocupar un puesto en el gobierno de Su Majestad de modo que él había ocupado el lugar que aquél dejara vacante.

Tras despedir al capitán Borrower, Sir Henry me pidió que le narrara mis tribulaciones. Una vez más, por tercera o cuarta vez desde que arribara a Cádiz, conté las vicisitudes que hube de arrostrar en el Portobelho, en la costa de África así como mi experiencia de prisionero y reo de los tribunales yanquis. Después del relato el embajador me pidió que le entregara los documentos que tan celosamente custodiara el difunto capitán Messervy.

Así lo hice y, para mi sorpresa, fue amontonando las cartas sin abrirlas, ojeando apenas los membretes. Mas lo que dijo a continuación anulóÇ por completo mi asombro.

-¿Había algo más?-dijo de repente mirando de reojo a Arliss que permanecía de pie a su lado.

No había ninguna duda sobre a lo que se refería de forma que saqué mi diario y tomé un abrecartas de la mesa. Con cuidado practiqué un pequeño corte en la cubierta del volumen, de igual modo que hiciera cuando Messervy me hizo entrega del billete con el ininteligible mensaje que llevaba oculto en el estuche de sus lentes.

-¿Conoce su contenido, teniente?-preguntó el embajador.
Negué con la cabeza y Sir Henry asintió al tiempo que le pasaba la nota a Arliss quien, tras tomarla, se retiró a la habitación contigua
No hube de esperar mucho pues el señor Arliss regresó con una hoja de papel que entregó a Sir Henry. Su rostro denotó una evidente satisfacción al leerla mas un estruendo pareció levantarle del asiento.

-Están cañoneando Matagorda otra vez-la suave voz del señor Arliss apenas se dejaba oír por encima del retumbar de los cañones.
Sir Henry se dirigió a los ventanales y se inclinó sobre uno de los telescopios, imitando a Arliss.

No sé por qué lo hice pero mi curiosidad pudo más que mi sentido del deber y eché una ojeada al documento que Arliss había traído.
Lo que leí me estremeció…

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