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martes, 13 de diciembre de 2011

LIBRO I "LA CIUDAD BLANCA".CAPÍTULO IV (II)



Catorce de Marzo de 1810 (Anno Domini). Cádiz

YIJWVPMUDW…..DESTRUIDAS
DRUXWOVZDW….INDUSTRIAS
USEDW……………….ZONAS
JTVUEXMFQIN…….OPERACIONES
NIXXR………………….SEGUN
JVUHRZW…………….ORDENES
MITLFDHRV………….RECIBIDAS
KVFVMBYV…………..PROSIGUE
                                                        MIHXMNE…………….REQUISA
                                                        YELGEGIJ………………CAUDALES
                                                        JGLOXJW………………OCULTOS
                                                        ZWTRRYMKHW…….ESCONDITES
                                                        NIXXVJW……………….SEGUROS[1]

Aquellas palabras se me quedaron grabadas y sentí que mi ánimo quedaba atenazado. Levanté la vista y observé que el señor Arliss me estaba mirando. No pareció darle importancia pues siguió dando su parecer al embajador sobre el castigo que estaba sufriendo Matagorda.

Sir Henry me invitó a observar la contienda. Apenas si se veía algo más que el humo de las baterías a través de la lente y solamente pude sentir una intensa sensación de desamparo al pensar que yo podía ser uno de los que estaban sufriendo aquél atroz fuego.

Después de departir un rato más sobre mis experiencias en combate, el embajador me despidió no sin antes comunicarme una noticia que me llenó de alegría: el II/87 estaba de guarnición en Cádiz. Muy cerca, por cierto, de donde nos encontrábamos pues Cádiz es una ciudad pequeña por fuerza de su situación geográfica.

En este sentido creo preciso hacer un inciso para abundar en la particularísima situación de esta plaza:
Cádiz es una isla, es decir, Cádiz y la Isla de León están situadas en una isla pues ambas están unidas por un estrecho istmo. Cádiz está rodeada de agua salvo por el istmo, de un lado la bahía y del otro el océano Atlántico. La Isla de León, por su parte, está rodeada por una maraña de brazos de mar, marismas y pantanos donde se halla una de las principales fuentes de riqueza de los naturales, a saber, las salinas o explotaciones de sal que aprovechan el clima y la geografía para producir el preciado elemento. Esta localización hace que el asalto a Cádiz solamente sea posible mediante operaciones navales, cosa poco probable dada la superioridad de la Armada británica. Por su parte, y por lo que he oído, una acción análoga en la Isla debería contar con una ingente obra de ingeniería capaz de tender puentes de pontones en número suficiente como para que las tropas enemigas lograran consolidarse en la otra orilla.

Dicho esto, y sin disimular mi alegría, pregunté donde se encontraba mi batallón.
-En el fuerte de Santa Elena-respondió el embajador.-Tras las Puertas de Tierra.
Feliz ante la estimulante noticia me retiré y salí a la calle, solamente para caer en la cuenta de que no tenía uniforme. Bien es cierto que el grueso de mi equipaje se había quedado con el tren de bagajes en Abrantes y confiaba en que, al ser trasladado a Cádiz el batallón, hubiese llegado aquí también.

Ensimismado ante la perspectiva dudé en dirigirme hacia la casa de doña Josefina, que se encontraba en la calle de Amoladores, muy cerca de donde me hallaba o hacia las Puertas de Tierra.

Casi no reparé en su presencia hasta que estuvo a mi lado, silencioso como un zorro que acechara a un conejo. El señor Arliss, con una gélida cortesía, me invitó a dar un paseo…


[1] Transcripción literal de la nota en clave

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